Si como literato y periodista alcanzó merecido prestigio proporcionando honor a Mayagüez, su ciudad natal, como pianista y musicólogo no fué menor su reputación.
Carlos Casanova era un temperamento exquisito y absolutamente artístico. No se prodigaba en el piano, pues era algo indolente, pero cuando pulsaba el teclado, sobre todo en el gabinete reservado a la intimidad musical, las horas se deslizaban para los afortunados oyentes, cual para los astrónomos, cuando ante el ocular del telescopio contemplan las bellezas siderales. Su ejecución no era extraordinaria, pero sí la fuerza conmovedora de su expresión.
Su cultura musical hacía pendant a la literaria.
Su estilo periodístico era castizo, sobrio, de argumentación cerrada.
El literario era poético a la par que filosófico.
Su oratoria, más conceptuosa que florida, en donde brillaba radiante era en el anfiteatro de una academia; para el batallar político era mejor con la pluma.
Su conversación familiar era sumamente agradable por las oportunas agudezas y repertorio de cuentos con que las aderezaba.
Como literato fueron varias veces laureadas sus poesías y prosas.
Si se hubiera dedicado a la composición musical, en ella también hubiera alcanzado renombre; más, poseyendo la preceptiva, no tenemos noticias de que produjera.
Jamás le oímos hablar mal de ningún compañero, en cambio ¡Con cuanta nobleza y pericia ejerció la crítica! En Mayagüez se dedicó durante algún tiempo a dar clases de piano y en los centros sociales dirigía la parte lírica de las veladas.