En cuanto a la composición, que es lo que le ha dado mayor renombre, Fetis, Durand, Barbereau, Asioti y Richter, fueron los maestros que, leídos, meditados y siempre consultados cuidadosamente, le hicieron conocer, desde las soledades de su gabinete de estudio, los secretos de la armonía y del contrapunto; aplicándolos, primeramente, con la natural timidez y descuido del principiante, y, poco después, con la seguridad del maestro, a la siempre lozana y fértil inspiración de su fantasía criolla, que, desde los 14 años, empezó a producirse febrilmente.
La personalidad artística de Dueño Colón hay que considerarla bajo varios aspectos; como instrumentista, como director, como compositor y como musicólogo.
Bajo el primer aspecto, fué un flautista,—decimos fué porque hace ya muchos años que abandonó su ejercicio,—que, dominando por completo el mecanismo, al parecer fácil, pero no exento de dificultades para obtener una ejecución limpia, y haciendo un estudio especial del doble-picado, alcanzó, muy joven, el puesto de concertista, siendo desde entonces considerado como un virtuose. Obtuvo por oposición, en 1880, la plaza de flauta de la orquesta de capilla, que sirvió durante largos años. Hizo algunas composiciones para Flauta y piano, fantasías sobre temas de óperas, tan difíciles, que hay que estudiarlas con detención para decirlas correctamente. Los conocimientos de solfeo, en las siete claves, que le trasmitiera su padre, fueron tan sólidos, que le permitieron ser un gran repentista, e igual transportador.
Como director, en donde más ha ejercido, ha sido en Bayamón, su residencia desde hace muchos. Allí organizó una banda municipal, que por mucho tiempo se convirtió en un verdadero centro de cultura musical, ya por el esmero en la trasmisión de la enseñanza, ya por lo escogido del repertorio que la misma llegó a interpretar cuando los adelantos del conjunto lo permitieron. Cultivador exquisito de la música regional, colocó siempre a ésta en el puesto que le corresponde dentro de lo que pudiera llamarse etiqueta palaciega de los géneros, y alternándola con obras selectas de buenos autores, los programas de los conciertos semanales que daba al público resultaban equilibrados en calidad y variedad. Su batuta, como su carácter, es austera, algo sobria de detalles, pero enérgica, vigorosa y precisa. Como las obras, que ponía, casi todas las instrumentaba expresamente, tenía la habilidad de atemperarse a las condiciones de los instrumentistas, y a la vez, las deficiencias del instrumental sabía suplirlas sustituyendo efectos de determinados instrumentos por los de otros similares. De ahí la armonía del conjunto y la percepción, por los inteligentes, de todas las bellezas de las partituras. Hoy también ha abandonado este ramo de la profesión.
Antes de proseguir en el estudio de sus condiciones artísticas, debemos decir algo de su vida como ciudadano, pues ella ha influído mucho en el carácter de sus producciones.
Procedente de un hogar culto y honrado, en el que, cosa algo rara en aquella época, las ideas libre-pensadoras regíanlo intrínsecamente, al salir del estado de crisálida, la mariposa de sus ensueños no pudo batir libremente sus alas por los jardines de la emancipación política y de conciencia, sino que, replegándolas cuando quería libar el néctar de las ideas liberales, o tenía que rebuscar las flores ocultas de algún jardín prohibido por las leyes, o morir de inanición por el enrarecimiento del medio ambiente.
Sus pensamientos y sentimientos fueron reconcentrándose, y su carácter, a medida que se desarrollaba paralelamente con los afectos pasionales, fué tornándose austero, pesimista y receloso. De ahí que su aspecto físico denote, sobre todo, en las líneas del rostro cuando se le vé sin tratarlo, un temperamento frío, indiferente, más adaptable a las soledades de un gabinete científico, que al alegre bullicio de la vida artística.
Y sin embargo el arte ha sido siempre el propulsor de su vida.
De joven y mientras viviera su padre, dejó vagar a la loca de la casa, por los campos del ideal, y ora tocando la flauta, ora emborronando pentágramas, cuyas notaciones concentraban ideas, o bien esbozando en la mente la silueta del amor único que germinaba en su alma, y que más tarde hubo de realizar con gran acopio de dichas, vivió relativamente feliz.
Pero cuando se encontró solo, sin otro horizonte para sus nobles aspiraciones, que el triste destinillo público, el escritorio particular o la vida azarosa, por lo insegura y mal retribuída, de la profesión artística, al optar por un escritorio de contabilidad en donde consumió, casi inútilmente, todas las energías de su juventud y virilidad, recibiendo, como único premio, un retiro ad honorem, solamente en el arte encontró el oasis que mitigara la sed idealista de su alma, en la peregrinación por los áridos desiertos de la vida colonial.