Además de ser un instrumentista notable, pues dominó la mecánica de la flauta, bombardino y contrabajo, como Maestro Director y Concertador, ha sido uno de los mejores.

Su batuta clara, enérgica, detallista, sin efectismos de mímica, pero absolutamente precisa en los movimientos, hacía que la orquesta, en crescendos y agitatos, semejase el desbordamiento de una catarata, o la placidez del remanso, en cantábiles y sostenutos. Al instrumentar, lo mismo obras propias que extrañas, aunque algo cohibido por el raquitismo de nuestros núcleos orquestales, usaba, apropiadamente, los distintos cuartetos, dando al conjunto variedad, belleza y novedad. La instrumentación de sus danzas dió a estas el carácter de composición genérica.

Maestro director y concertador de la compañía de zarzuela, empresa Bernard y Abella, marchó como tal, en excursión artística, por varias ciudades de América del Sur, hasta Buenos Aires; viaje provechoso, pues en el completó sus conocimientos.

Al volver a Ponce, reorganizó su antigua sociedad de conciertos, la Lira Ponceña, dando, periódicamente, selectas audiciones en el Sport Club y el teatro La Perla, como también en otros de la isla, pues era muy solicitada.

Su facilidad para componer e instrumentar puede, fácilmente, juzgarse por los siguientes verídicos hechos:

Estaba con su orquesta solemnizando las fiestas patronales de Barros, y, ya en plena misa del día de San Juan, cuando platicaba tranquilamente con los músicos en el antecoro, esperando que el orador sagrado terminase el sermón de rúbrica, vino Cosme Tizol—primer clarinete de la orquesta—a decirle: Juan, se quedaron en Ponce los papeles del Benedictus. Pues tráeme los de la Gloria, contestó con presteza, y escribiré uno en la última plana.

Con lápiz, y a pesar de la prisa, con notación bastante clara, en poco tiempo, improvisó un Benedictus para voces y pequeña orquesta, que, después de oído, resultó una de sus mejores composiciones del género sacro.

Otro hecho: Llegó de arribada forzosa a Ponce, procedente de Venezuela, una compañía de ópera, casi en cuadro y sin repertorio. El tenor Antón o Antonini, que la representaba, solicitó de Campos le ayudase en la preparación de algunas audiciones. Con el refuerzo de algunos elementos dispersos que había en la isla, a la semana, debutaba la compañía, con Campos de Maestro, continuando las representaciones tres veces por semana. El repertorio lo rehacía Campos, instrumentando una ópera cada cuatro días.

Poseía genialidades de carácter. Sencillo, franco y generoso con los compañeros entre los que no establecía diferencias, solía enojarse por nimiedades, de las que él mismo se reía, cuando la causa, real o imaginaria, había cesado.

Cuando estaba de bromas, empleaba la música, para divertirse. Recordamos, que encontrándose en Añasco, solemnizando con su orquesta las fiestas patronales, pasó a Mayagüez una noche en que se celebraba un baile en el Centro Español, cuya orquesta dirigíamos, y de la que formaba parte, como contrabajista, Blas García. Después de haber estado un rato oyendo desde el salón la orquesta, subió al escenario y quitando el arco a García, me indicó con la cabeza que si podía tocar, a lo que, como era natural, accedí gustosísimo. En aquellos momentos se estaba tocando su danza Idilio, que tiene en la instrumentación original preciosos efectos y que por lo reducida de aquella orquesta no se podían apreciar bien. Campos, que jugaba con el contrabajo, empezó a hacerlos, todos; y unas veces imitando al clarinete, otras los bombardinos como también los dulces sonidos del Cello, se mostró tan grandioso a la par que juguetón, que poco a poco las parejas dejaron de bailar parándose a contemplar el juego del arco y a la vez para oir mejor las sonoridades que sacaba al contrabajo de tres cuerdas.