No tiene, tal vez, los arrebatos pasionales que recordaramos de Tavárez, pero en la ejecución de obras de sus autores favoritos, Chopín y Beethoven, sobre todo en la Sonata Appasionata y en la Rayo de Luna del último, y de las que él ha hecho una especie de creación, por la inimitable interpretación que les dá, la conmoción que produce en el auditorio es profunda.
El cuarteto que diera a conocer en el recital de Ponce, que pudimos apreciar bien porque interpretabamos la parte de la viola, está hecho, dentro de las severas reglas del género, con originalidad, elegancia, equilibrio y corrección en el diálogo, unidad temática, ricamente armonizada por el uso apropiado de efectos contrapuntales reveladores de un pleno dominio de los secretos de la composición, los cual aplica con la experiencia del arquitecto, que posee por igual estética y preceptiva, y no como el mecánico que solamente busca la precisión matemática.
Sus composiciones para piano son todas filigranas inspiradísimas hechas con maestría y pleno conocimiento de los efectos que una esmerada ejecución tiene siempre que producir en cualquier auditorio.
Por su semblante parece que vive en contínua abstracción.
Su carácter es más bien retraído que expansivo, y en cuanto a sus cosas de artistas, asegúrasenos que tiene rarezas.
Las principales obras que ha compuesto son:
Loreley, Capricho, delicadísimo, para piano. El Angelus, Meditación, para piano. Sonata, para piano. Allegro de Concierto, para piano. Gavota, para piano. Gran marcha triunfal, para orquesta, dedicada a Porfirio Díaz, Presidente que fué de Méjico. Cuarteto de Cuerda, estilo Schumann. Elena, Vals brillante, para piano. Trina, Mazurca para piano. Una noche en Puerto Rico, gran danza criolla, de concierto. Mariposa, capricho, para piano, se han hecho cuatro ediciones. La Borinqueña, capricho fantástico, para piano. Dulce Sueño, dedicado a Dueño Colón, capricho, y Danzas Cubanas, colección, de concierto. Las siete primeras se editaron en París y Londres y las demás en New York.