El piano fué siempre su amoroso confidente. En él vertió su alma de artista, sus alegrías, sus pesares. Inclinada sobre la armónica dentadura le comunicaba sus más recónditos secretos.
Ana Otero colocaba muy alto el ideal del arte, y por eso el estudio del piano, en ella, fué a la manera de un sacerdocio.
Su portentosa ejecución hacíanla única en la interpretación de las rapsodias de Listz, en Puerto Rico, y en el modo de destacar los cantos, sobre todo, con la mano izquierda, haciendo entonces de ella, como decía Beethoven, "el maestro de Capilla."
Las más áridas y erizadas dificultades del piano, las vencía Anita sin esfuerzo aparente, con esa difícil facilidad que es el gran escollo de los ejecutantes. Era sorprendente en la sonoridad, en el sonido que sacaba de las notas, en el manejo de los pedales, y en el rubato.
Al hacer, Anita, un pasaje rubato expresaba abandono, no desorden, y haciendo una verdadera creación de cada una de estas frases, se alejaba del amaneramiento tan común en nuestros días, y tan artificioso como frívolo.
En la ejecución de la Polonesa en la bemol, de Chopín, no desplegaba esa fuerza de trueno, acostumbrada por algunos pianistas. Ella comenzaba el famoso pasaje en octavas, pianísimo, y lo llevaba hasta el fin sin una progresión dinámica demasiada estrepitosa. Evitaba, en general, todos los contrastes chillones y todos los fuegos pirotécnicos.
Nació la egregia artista en Humacao, P. R., el 24 de julio de 1861.
Fué educada o iniciada en el arte de la música y del piano, por su respetable padre, Don Ignacio, antiguo y reputado profesor de música.
Con una perseverancia digna de encomio, de toda clase de alabanza, comenzó Ana sus estudios, y sintiendo agitarse a su alrededor las águilas de la noble ambición artística ya conocedora, precoz, del instrumento, y, pianista en capullo, dió principio a su peregrinación por la Isla, en 1886, pues guiábala el loable propósito de allegar recursos para tender el vuelo hacia un Conservatorio Europeo en donde perfeccionar sus estudios.
Numerosos amigos y admiradores, que veían en ella, y la predecían, la sucesora de Tavárez, único pianista conocido, en aquella época, hijo de Puerto Rico, le aconsejaban frecuentemente, que procurase los medios de trasladarse a Europa, para enriquecer sus conocimientos musicales bajo la dirección de maestros eminentes.