Después de luchas incesantes y de vacilaciones sin cuento, decidió Ana hacer una tournée por la isla, atenida a sus propias fuerzas y a la hidalguía de sus compatriotas, los cuales no le escatimaron ni aplausos ni apoyo material.

Terminada la excursión, decidió realizar sus nobles ambiciones, y allá por el mes de junio de 1887, se trasladó a Barcelona, en donde, al llegar, se encontró con qué, a la sazón, se proyectaba una fiesta artística a beneficio de la Sociedad de Escritores y Artistas, de aquella ciudad; fué invitada a tomar parte en dicho acto, por su compueblano y amigo, el muy ilustre doctor y excelso poeta, Manuel Martínez Rosselló, estudiante, entonces, de medicina, que formaba parte de la comisión organizadora de dicho festival.

Ejecutó Ana Otero varias piezas, entre ellas, el concierto de Kalbrenner acompañado por numerosa orquesta, y el Fausto, del pianista catalán Pujols, encontrándose éste en el teatro El Dorado; y el renombrado artista manifestó, que la interpretación dada a su obra, por la señorita Otero, se hallaba al nivel de la de cualquier pianista de renombre.

Un mes después, se presentaba Anita, decidida y animosa, en París, ante el profesor del Conservatorio, Mr. Fissot, a fin de que la oyése tocar y le manifestara, francamente, si podía aspirar al ingreso como alumna en el Conservatorio, el cual le manifestó, que sus dotes artísticas eran excelentes, y la ofreció preparar para que entrase en concurso, lo que no podía efectuarse hasta el próximo noviembre, época en que se abrían los cursos de estudios.

Llegada dicha fecha, Anita se presentó ante el jurado, a luchar entre doscientos veinticuatro competidoras; de éstas, sólo dieciséis fueron calificadas aptas para el ingreso, pero como solamente habían, disponibles, ocho plazas, se procedió a una elección, resultando Anita, obteniendo, también por la suerte, la designación que antes alcanzara por sus méritos.

Desde esa fecha memorable, concurrió Ana, tres veces por semana, a la clase del Conservatorio, dirigida por el mencionado Mr. Fissot, y a la vez asistía a la del reputado maestro Toaudau, el cual le daba lecciones de armonía y composición.

El primer año de su permanencia en París fué de luchas y sufrimientos, tanto por el idioma, como por los rigores del clima. En combate tan desigual, venció el genio y la fuerza de voluntad férrea, inquebrantable, de la notable pianista.

Al terminar el primer curso, tanto Mr. Fissot como Mr. Toaudau, le expidieron certificaciones expresivas y laudatorias de sus adelantos musicales.

Con estos triunfos alentadores y aprovechando las vacaciones escolares, se trasladó, Anita, a Barcelona en donde residía su hermana doña Carmen O. de Gálvez.

Celebrábase, en aquella fecha, la exposición internacional, en cuyo salón de música y en un magnífico piano Erard ejecutaba el gran pianista español, Isaac Albéniz, algunas de sus magistrales composiciones. Anita se hizo presentar a él, logrando que le concediera una entrevista en su casa, para ejecutar en su presencia algunas de sus obras, como las Sevillanas, Cotillón y Pavana, con el fin de que la juzgara y corrigiera la interpretación que daba a su música. A los pocos días tuvo lugar en la residencia del gran virtuose, la sesión musical solicitada, y Ana tocó delante del reputado pianista las piezas mencionadas, sin que aquél tuviera nada que objetarla; y, como premio a sus facultades, le regaló varios ejemplares de sus composiciones, con expresiva dedicatoria, en las que felicitaba a Puerto Rico, por contar entre sus hijos a una artista de tan relevantes méritos.