Aquellas manazas, que en los fortissimos y crescendos producían sonoridades cual si pulsaran simultáneamente varios teclados, en los diminuendos y pianissimos, herían las teclas, con tal delicadeza, que percibíanse los sonidos, como el rumor de besos entre brisas y flores.
Aunque conocía a los clásicos, daba preferencia a la música brillante, y más especialmente a las fantasías y variaciones, para desarrollar sus pensamientos musicales.
Como preceptor de piano, era muy cuidadoso en todo lo concerniente al mecanismo, pero algo descuidado en la interpretación. Además solía abstraerse con frecuencia, ora vagando por las regiones del ensueño, ora con la lectura de algún libro o periódico, haciendo caso omiso de las incorrecciones en que incurriera el alumno a quien estaba dando lección.
Compuso unos estudios didácticos para octavas que fueron premiados en Roma.
Muchas fueron sus producciones, de las que pocas llegaron a publicarse, y en casi todas, la exhuberancia de floración encubría la endeblez del tronco. Sin embargo nos dió a conocer algunas, que revelaban ideas temáticas bien pensadas y mejor desarrolladas, como la sonata en la bemol, cuyo andante expresivo y allegro con fuocco finale tenían factura similar, aunque sin plagios ni siquiera reminiscencias, a los del "Rayo de Luna" de Beethoven. Esta sonata nos la hizo oir varias veces en el piano de la familia Correa de Arecibo, y además, un día, nos dejó examinar la partitura original, hecha con lápiz. Por cierto, que nos hemos cansado de indagar, donde o quien pueda poseerla, sin resultado. De encontrarla la editaríamos, pues merece ser conocida por los inteligentes.
Su primer lauro lo obtuvo en la Feria-Exposición, que en 1854 se efectuó en San Juan, por unas variaciones sobre motivos de la polka favorita de la famosa cantante Jenny Lind. En la de 1860, le adjudicaron medalla de oro y diploma por otras variaciones, para piano, sobre motivos del Carnaval de Venecia. Y en el certámen de Santa Cecilia, efectuado en 1865, conquistó la medalla de oro y diploma, asignada como premio, por su fantasía para piano El Ave en el Desierto. Poco después obtenía en Roma, mención honorífica de primer grado por los referidos estudios didácticos.
Una de sus últimas composiciones, que publicó fueron los aires del país, divididos en dos series.
En ellos tuvo la habilidad de transcribir los cantos más típicos de nuestros jíbaros, presentándolos tal como estos lo ejecutan en tiples y bordonúas, los que, después, empleó como temas para desarrollar variaciones, en las que, hay más de gimnasia mecánica, que de novedades en la construcción.
El tema de danza con que empieza la primera serie, y que repite al final de la misma, no es original, sino una adaptación, con aditamentos de floreos, de la bella romanza, Di Provenza il mar il suol... que canta el barítono en la ópera Traviata.