CAPÍTULO XV.
RAMOS, ADOLFO HERACLIO.
pianista-compositor.
De elevada estatura, delgado, músculos vigorosos, temperamento más sajón que latino, tez bronceada, visión inquieta, cabellos ensortijados, amplia boca de labios gruesos-carceleros del tabaco de perilla que solamente abandonaba para comer y dormir—brazos muy largos rematados por manos gigantescas que le permitían pulsar, sin esfuerzo, la undécima nota de la gamma del piano, de porte elegante al presentarse en sociedad, que contrastaba con su desaliño ordinario, tal fué la personalidad física de Heraclio Ramos, a quien conocimos en su Villa natal, Arecibo, en 1888.
La psíquica, intelectualmente, denotaba inteligencia espontánea que acrecentó con la lectura analítica de obras literarias, de buena cepa, españolas, inglesas y francesas, cuyos idiomas poseía.
Moralmente y en concordancia con su temperamento artístico, era amante apasionado de lo bello y de lo bueno, sin que el genio del mal conturbase su conciencia, ni los embates de las pasiones socavasen la pureza de sus ideales.
Nacido en una época en que las diferentes clases sociales tenían linderos bien demarcados, sus méritos artísticos le permitieron franquearlos todos, aunque con reservaciones... que nunca pretendió traspasar.
Su padre Juan Inés, músico procedente de la banda del regimiento de Granada, fué su preceptor elemental de arte lírico, y el maestro alemán Mello, quién lo iniciara en el estudio de la composición y alta escuela de piano.
Las naturales disposiciones, dirigidas por la buena escuela, contornearon su modalidad artística, que adquirió gran realce, cuando por la perseverancia en el estudio y a los 18 años, orló su frente con laureles adquiridos en público certámen.
Como pianista superaba a Tavárez en mecanismo, el cual, casi sin hipérbole, tenía similitudes con el pasmoso de Listz, cuyas obras, así como las de Talberg, Proudent y Gottschalk constituían su repertorio del género brillante. En el clásico, Bach, Hayden, Shumann y Chopín, ocupaban el puesto de honor. Las fugas del primero y los valses del último, los interpretaba con ejecución limpia, precisa y elegante.