Y no hay hipérbole en la afirmación.
Los que, con alguna pericia para apreciar cualidades de voces, la oigan cantar nos darán la razón.
Cuadratura completa en timbre, extensión, volumen y elasticidad; indicios de expresión extraordinariamente pasional, y decimos indicios, porque cuando la oímos, el sentir de su alma estaba exento de las torturas de la pasión; solamente tenía 15 años, y sin embargo el calor con que decía las frases, nos hizo presentir hondas conmociones estéticas para cuando goces y dolos, ilusiones y desencantos, por ley inexorable, desgarren el velo que encubre la virginidad de su alma.
Y si a las facultades artísticas se agregan las características personales, cuya candorosa hermosura, corrección de líneas, belleza plástica y energía del conjunto hace recordar a las mujeres de la antigua Roma, impresión que nos producen la mayor parte de las damas de Guayama, en donde naciera Luisa, parécenos que el calificativo de soprano dramática absoluta que la damos, quedaría justificado cuando, ya artista, proyectase desde la escena el sprazzo de su gloria.
Actualmente cursa en la Normal de Río Piedras los estudios del magisterio, cuando en donde debiera estar era en Milán modelando su privilegiada y bellísima voz.
MANGUAL CESTERO, Estela.—D.—
Desde niña manifestó grandes facultades para la música y especialmente para el canto. Con don Genaro de Aranzamendi hizo estudios de piano, y cuando tan sólo contaba diez años empezó a cantar en coros de niños de festividades religiosas y sociales, cautivando la atención por la dulzura de su voz, entonces sin definir.
De familia distinguida, nunca pensó en dedicarse al canto como profesión. Pero su afición, a medida que las facultades vocales adquirían color determinado, se iba haciendo mayor, hasta convertirse en necesidad.
Trasladada con su familia a Mayagüez, los centros sociales de la culta ciudad del Oeste le asignaron puesto preferente en el cuadro de honor de los socios de mérito, pues ya señorita, su voz, regularmente educada, tomó las modalidades de soprano ligera.
El jilguerito, como cariñosamente la designaban, con los trinos, escalas y staccatos de su cristalina voz, dando tonos de alegría permanente a su dulce hogar causaba también la de los mayagüezanos.