Enero 2 de 1846.


[II.]

Manifestamos en uno de nuestros números anteriores el aspecto en que, á juicio nuestro, debe considerarse la cuestion de la navegacion del Paraná;—no con relacion á pretensiones del extranjero, sino como cuestion de entre las diversas provincias Arjentinas situadas sobre las márjenes de aquel rio. La nueva declaracion de principios del Paraguay viene á apoyar los derechos y las ventajas de esas provincias. Aquella República abre sus puertos á todos los extranjeros, declara que tiene derecho á la navegacion libre del Paraná, y que la oposicion del Dictador de Buenos Aires al goce de ese derecho es una de las causas que motivan y justifican la guerra.

Las naciones que han reconocido la independencia del Paraguay, y las que en adelante la reconozcan, envuelven naturalmente en ese reconocimiento el de los derechos todos de la soberania, incluso el dominio de las aguas y su uso para el comercio. Una de las mas naturales y mas comunes consecuencias del reconocimiento de la independencia de un nuevo Estado es la celebracion de tratados de comercio, navegacion y amistad: aquellas naciones, pues, los celebrarán con el Paraguay; adquirirán, por ellos, derechos á navegar en las aguas y puertos de esa República; y por consecuencia á transitar por las que pertenecen á las provincias arjentinas, que forman la parte mas baja del rio. El Paraguay quedará, respecto de estas provincias, en una posicion análoga—y no decimos idéntica por razones que daremos mas adelante—á la en que se halló la Béljica despues de su separacion de la Holanda en 1832. Las aguas y puertos belgas en la parte superior del Escalda de nada, ó de muy poco, servirian al comercio del mundo, si las pretensiones del Rey de Holanda al uso y navegacion exclusiva de la parte baja de aquel rio hubiesen sido respetadas en toda su estension. La Béljica seria un pais independiente, con puertos tan importantes como Amberes, y no podria usar de su derecho de abrirlos al comercio de todo el mundo; cosa, en realidad, opuesta á toda idea de conveniencia y de justicia comun. Los mismos motivos que hubo para hacer los arreglos que sobre el Escalda existen, habrá para que se reduzca á Rosas á entrar por algunos, cualesquiera que sean, con tal que dén por resultado el tránsito por sus aguas hasta el alto Paraná. Si hay diferencia en esos motivos, es enteramente en contra de las pretensiones del Dictador: porque no ofrece el Paraná las grandes dificultades que el Escalda para conciliar los intereses de sus diversos soberanos. Aquel rio europeo corre por entre ciudades y comarcas opulentas, las mas industriosas, tal vez, de todo el continente europeo; y que perteneciendo á Estados diversos, tienen rivalidades y celos comerciales; tienen intereses fabriles que protejer, las unas contra la supremacia de las otras; tienen que multiplicar sus medios de vijilancia contra el contrabando y el fraude, en proporcion de las inmensas facilidades que ofrecen á esas operaciones clandestinas los centenares de vapores que cruzan aquellas aguas, los muchos y rapidísimos medios de comunicacion y de transporte por tierra. Conciliar esos intereses, que no es posible, en realidad desatender, era y es Hoy la gran dificultad para el arreglo de la navegacion del Escalda. Pero nada de eso sucede respecto de nuestro magnífico Paraná, que baja por entre soledades incultas, y bosques primitivos; y sobre cuyas márjenes, en una extension de 150 leguas, se hallan apénas tres ciudades capitales de Provincia, y 7 ú 8 villas de escasísima poblacion, de ninguna industria, de muy poco comercio, y aun ese, dependiente de la Capital de Buenos Aires. Entre ellos, por consiguiente, ni puede existir rivalidad alguna fundada, ni hay intereses notables que conciliar. Siempre hemos creido, por eso, que no es posible, ni sensato, aplicar á los rios interiores de nuestra América, especialmente á los afluentes del Plata, los principios de derecho de jentes, ni la lejislacion y reglamentos prácticos, que rijen la navegacion de los Rios en Europa; sino que deben sufrir grandes modificaciones, en virtud de las diferencias expresadas, y de otras muchas de análoga naturaleza.

Creemos, entretanto, que un arreglo justo y racional para la navegacion del Paraná hasta el Paraguay no puede ofrecer las dificultades que la del Escalda; y que, si en este último rio se ha hallado medio de conciliar, en parte, intereses tan complicados como los que existen, debe esperarse que se llegue mas fácilmente á un arreglo respecto del Paraná.

Reconocida la independencia del Paraguay, y con ella la soberania y el uso de sus aguas, Rosas no tendria, en realidad, derecho para quejarse de que se le exijieran esos arreglos: la cuestion que podria promover seria contra el reconocimiento de la independencia paraguaya; pero consumado este, la navegacion del rio, fundada en tratados del Estado reconocido, no es mas que una consecuencia natural del reconocimiento.

Ese es, á juicio nuestro, el nuevo punto de vista en que las últimas declaraciones del Paraguay colocan la cuestion de la navegacion del Paraná. Si Buenos Aires tuviera otro Gobierno que el de Rosas, él comprenderia, á la primera mirada, que su interés estaba en no dar entrada á cuestion ninguna; sino, por el contrario, en adoptar de plano la basa de la libre navegacion, como un principio seguro de riqueza, de desarrollo, de engrandecimiento futuro; limitando los arreglos á las leyes de policia y aduanas, para protejer su comercio contra el contrabando, y para derivar del permiso de tránsito una renta, que, sin gravar desproporcionadamente al comercio ni á la navegacion extranjera, creceria y llegaria á ser muy considerable, á medida que aquellos se desarrollasen. Pero nada de esto puede esperarse de gobernantes de los principios de Rosas: por fortuna creemos no engañarnos cuando pensamos que nuestros principios son los que profesan jeneralmente los enemigos del dictador, los que en el órden natural de las cosas han de ser llamados á reemplazar el sistema y las ideas de aquel mandon, cuando suene la hora de su castigo. Aun por eso consideramos como dos ideas íntimamente ligadas, la del desaparecimiento de Rosas, y la de la prosperidad futura de los pueblos que baña el Paraná.

Enero 15 de 1846.