"El comandante de la goleta Fortuna destinada á llevar á debido efecto la incomunicacion del bergantin español, que conducia la legacion española, con fecha de hoy me dice lo siguiente. 'Tengo el honor de informar á V. S. que en el dia de ayer á las ocho horas de la noche le remití el pliego de la Honorable Junta, á la Comision réjia á bordo del bergantin español Aquiles, que condujo el teniente graduado D. José Maria Pinedo, y quedaron en mandar la contestacion, si es que la hubiese; pero á las dos y media de la mañana zarpó las anclas marcando del E. cuarta al S. E. y luego de dos horas de haberse perdido de vista, creyendo haber concluido mi comision, me hice á la vela para las balizas interiores, en donde luego de haber fondeado izé la bandera de guardia. Lo que comunico á V. S. para su intelijencia.' Y tengo la satisfaccion de transcribirlo á V. E. para su superior conocimiento.—Dios guarde á V. E. muchos años. Buenos Aires y Diciembre 7 de 1820.—José Zapiola.—Exmo. Sr. Gobernador y Capitan General Sostituto. Es copia—Luca."

Estos documentos, publicados en la Gaceta ministerial de 7 de diciembre de 1820, establecen los hechos siguientes:—que el Aquiles solo estuvo en Buenos Aires desde el dia 4 en que entró, hasta la noche del 6 en que desapareció; y que la respuesta oficial de la Junta se entregó á bordo de ese buque á las ocho de la noche de aquel último dia.—Oportunamente aplicaremos estos hechos. Volvamos ahora al tenor de los documentos que impugnamos.

El puede, tal vez, alucinar á los que no tengan nocion alguna de la lucha de los partidos, en las épocas que los documentos abrazan, pero no á quien conserve recuerdos de ella, ó á quien haya leido los periódicos y publicaciones de entonces: toda la supuesta nota de la Junta á los Comisarios réjios, no es absolutamente otra cosa que una recapitulacion de todos los cargos, acusaciones, insultos y calumnias, que los partidarios de D. Manuel de Sarratea dirijian entonces á los Congresales, Puigredonistas y demas que figuran en la nota. Su autor no ha tenido evidentemente otro trabajo que agarrar los papeles de las épocas que recorre, é ir zurciendo todas esas acusaciones, en los mismos términos en que estaban las publicadas, tales como aparecian, sobre todo, en la célebre y calumniosa causa de los Congresales, impresa en 1820: la única diferencia consiste en que esos cargos y calumnias eran hechos á los hombres que firman la supuesta nota por sus enemigos políticos, mientras que en esta aparecen como confesion propia de los culpables.

Esa circunstancia es la primera que rechaza de plano, para todo hombre de buen sentido, la autenticidad de ese documento.

Se comprende bien, para mengua de la naturaleza humana, que haya hombres que cometan los crímenes que en la nota se atribuyen á los que la firman: pero que los haya, capaces de reunirse, en número de 23, para extender un documento escrito y firmado, en que expontáneamente, se acusan á si propios de haber ejercido vejaciones odiosas sobre el vecindario, de haber dilapidado y empleado en fomentar la guerra civil el dinero que, por esas vejaciones, arrancaban al pueblo; de haber "arruinado las fortunas particulares" (entre las que naturalmente irían las suyas envueltas); de haber formado el plan "de exterminar las provincias," las unas por medio de las otras; de haber hecho "que los ejércitos de una y otra parte se destrozasen; que las familias comprometidas abandonasen sus hogares, que se consumiesen los fondos de toda especie;" de haber dado entrada á los portugueses en la Banda Oriental, haciendo que se apoderasen, de parte de sus ganados; de haber tenido "por objeto principal dejar bien excitado el odio y la animosidad entre los pueblos hermanos;" de estar acostumbrados por principios á medidas de sangre, de tener por sistema celebrar "alianzas fraudulentas;" de calcular para todo, "con su propia ignorancia y corrupcion que ellos mismos fomentaban y perpetuaban"; de no haber tenido, en fin, otra ocupacion en 7 años consecutivos, que la traicion, el fraude, el esterminio de sus conciudadanos, la permanente conspiracion contra su patria;—que de todo eso se acusasen expontáneamente, por escrito y bajo su firma; que el Jeneral D. Martin Rodriguez, á quien todos conocimos tipo de intachable probidad política, reconociese haber sacrificado de intento una division cuyo mando se le confió, haciéndola derrotar por los españoles; en fin, que todos esos hombres se hagan un mérito de esos delitos y abominaciones, y traten de recomendarse por ellos ante otros hombres estraños,... ¡oh! eso no lo crée nadie: de eso no hay un ejemplo solo en la historia harto manchada, de las maldades humanas; eso es necesariamente falso, porque no puede ser verdadero. Ninguno de esos hombres ha tenido jamas fama de loco: ¿como creer que no hubiese uno siquiera á quien ocurriese la idea de que los comisionados réjios, á quienes dirijian ese testimonio de la mas abyecta degradacion moral, habian de mirar con repugnancia y con horror á entes tan despreciables y corrompidos? Esa sola reflexion bastaria, aun á presencia de firmas que pareciesen orijinales, para dudar de su autenticidad; cuando se trata de una simple copia, basta para afirmar la falsificacion.

Y en efecto, el mismo jeneral La Madrid la asegura positivamente: él dice que su firma ha sido subplantada, como lo serán tal vez algunas otras; ¿y quien ignora que documento en que hay una firma falsa es falso en todo su contesto? Si la del jeneral La Madrid ha sido subplantada, ¿porque no lo habrán sido del mismo modo todas las demas? El que falsificó positivamente una, y tal vez algunas otras, ¿porque no habrá falsificado todas? La aseveracion del jeneral La Madrid respecto de su firma, destruye perentoriamente la que él mismo hace de la autenticidad del documento: son dos ideas que se repelen, tanto en jurisprudencia como en simple buen sentido. La misma desmentida que hace el jeneral La Madrid hacen tambien el jeneral Alvarez y D. Braulio Costa, que se hallan en Montevideo; el primero de estos afirma que, á la fecha del documento, no se hallaba siquiera en Buenos Aires, sino en San Nicolas de los Arroyos: tenemos, pues, tres firmas reconocidamente falsas: ¿quien abona la verdad de todas las otras? Sigamos examinando.

Suponiendo que los que aparecen en la nota hubiesen tenido toda la degradacion necesaria para firmarla, natural era que no confiasen documento tan grave, sino á personas en quienes tuviesen previa y completa confianza. Sinembargo, de la propia respuesta que se supone dada por los Comisarios réjios, resulta espresamente probado que no existia entre ellos y los que firman la nota, la mínima intelijencia: algo mas: en esa respuesta se hace decir á los comisarios, que la misma desdeñosa repulsa que hacen de la traicion de la sociedad secreta la habian hecho de antemano á algunos miembros de ella: "Así lo dijimos en el Janeiro" está escrito en la páj. 46 del folleto, "al Sr. D. Manuel José Garcia, luego que nos hizo las primeras aperturas de estos negocios en aquella corte; así lo manifestamos en Montevideo al Sr. D. Juan Martin Puigredon, y al Sr. D. Antonio Saenz con igual motivo; y tenemos el honor de repetirlo hoy á V. SS. en contestacion á su nota muy reservada." Existiendo esos antecedentes, ¿habria la Junta insistido en poner ese documento en manos de los que ya habian rechazado sus ofertas? No queda el arbitrio de decir que ignoraban esta repulsa; pues que la supuesta nota de la Junta, dice espresamente [páj. 40,] que la tenian preparada luego que se supo que iba la mision; y es natural que los ajentes en Montevideo, si no el de Janeiro, les hubiesen prevenido la repulsa de los Comisarios réjios. Es tan repugnante al buen sentido la idea de que los culpables confiasen su propio proceso de infamia y de muerte á hombres con quienes mediaban esos antecedentes, que todos admitirán esa circunstancia como una nueva prueba de la falsedad del documento.

No es ménos clara la que resulta, comparando la hora en que los comisarios recibieron á bordo la nota de la Junta, con la en que se supone que la contestaron. Al empezar esa nota reservada, se dice que la respuesta pública iba inclusa en el mismo pliego: por el parte del Capitan del Puerto arriba inserto aparece que ese pliego fué entregado en el bergantin Aquiles á las 8 de la noche del dia 6; y la supuesta contestacion tiene fecha del mismo dia, á las 9 de la noche: una sola hora medió, pues, entre el recibo y la contestacion de la nota: ese tiempo apénas bastaba para la lectura seguida y rápida de un documento que tiene 26 páginas impresas: pero los Comisarios aparecen, á mas, diciendo que D. Felix Alzaga, enviado por la Junta para darle mas informes "ha tenido la bondad de acompañarlos en su lectura, haciéndoles sobre todo los detalles y explicaciones que juzgó necesarios;" y por último la respuesta de aquellos tiene cinco pájinas de impresion. ¿Puede admitirse que, en una hora de tiempo, los Comisarios leyeron las notas de la Junta, oyeron los detalles y explicaciones del Sr. Alzaga, escribieron el borrador de su larga respuesta, y le copiaron en limpio para remitirla?

Esperamos que no se nos dirá que solo presentamos pruebas negativas: desde luego, es una negativa lo que con ellas tratamos de probar; y, despues de eso, pruebas de esa clase hay, tan irresistibles como las positivas. Continuemos manifestándolas.