Pocos habrá entre nosotros, que no conozcan la Historia de la revolucion hispano-americana, por D. Mariano Torrente: para escribirla, por órdenes especiales de Fernando 7.°, se abrieron al autor todos los archivos que contenian documentos sobre los sucesos que debia tratar: no hay hecho ninguno militar, político, diplomático, y aun puramente administrativo, en conexion con la revolucion americana, de que no muestre el escritor español conocimiento perfecto y oficial, aun que los desfigura y refiere conforme á su propósito. En esos archivos debieran naturalmente hallarse los muchos documentos, que, segun la nota de la Junta, probaban sus servicios al monarca: ella dice, pag. 21, que el Gabinete español sabía bien el plan y los tratados secretos que tenian con el Brasil, porque se les transmitió desde el principio; y habla con repeticion de los informes que sus ajentes remitian á la Corte, y al embajador español en el Janeiro: algo de eso debiera haber llegado á conocimiento del historiador Torrente; y nada habria podido servir mejor al objeto único de su libro, que era difamar la revolucion y sus autores. Pues bien, Torrente no encierra una palabra, una indicacion siquiera, de que existiesen jamas los planos ni las intelijencias que la nota supone: muy al contrario, en su tonto empeño de persuadir que la América suspiraba todavia por la antigua metrópoli, dice precisamente que los únicos de quienes nada habria que esperar serian los Buenos-aireños, á quienes ataca como los mas rebeldes, mas tenaces y demagogos.

Pero eso es poco; ese mismo historiador desmiente perentoriamente mas de uno de los hechos referidos en la supuesta nota. Era, en efecto, de estrañar que, en medio de la desmoralizacion social, de la arraigada corrupcion que aquella probaria, si fuese cierta; no se hubiese dado, hasta su fecha, un solo ejemplo de traicion en un jefe militar, que se hubiese pasado al enemigo: la nota para llenar ese vacio, cita al jeneral Rodriguez cuando era sarjento mayor, á las órdenes del jeneral Rondeau. Pongamos en parangon lo que á ese respecto dice la nota y lo que Torrente dice: Segun la primera, D. Martin Rodriguez:

"Encargado de una fuerte division, sobre el ejército del rey, fué su primer empeño sacrificarla y entregarse prisionero á los fines que se le indicaron: él lo realizó todo á satisfaccion en Venta-y-media. Instruyó Rodriguez al jeneral Pezuela bien á fondo de nuestra situacion y nuestras miras, como de las suyas personales; y regresó en clase de fugado, ó suelto jenerosamente por el enemigo."

Eso se supone firmado por el propio Rodriguez: he aquí como refiere ese mismo suceso el historiador español sobre lo que veces diversas, hablamos con el viejo jeneral, que se reia al recordar el modo como engañó á Pezuela. Despues de decir que la fuerza de Rodriguez era de cincuenta hombres, refiere como fué atacado por 180 al mando del comandante Vijil, que Rodriguez se parapetó en una casa, donde Vijil le atacó; y luego añade:

"La resistencia fué tenaz y vigorosa, hasta que viendo los insurjentes su inevitable ruina y la inutilidad de sus esfuerzos, rindieron sus armas coronando las sienes de los realistas con un ilustre triunfo, no tanto por el número como por la calidad de los prisioneros, entre los que se contó el mismo Rodriguez, que era el alma de las operaciones de Rondeau.

"Habiendo determinado Pezuela remitir á Lima varios prisioneros que no dejaban de embarazar sus operaciones, empleó el mayor Rodriguez todos los resortes de la malicia é intriga para no ser alejado de aquel pais en el que esperaba ejercer todavia su maléfico influjo. Con su hipocresia y con una afectada resignacion, capaz de deslumbrar al hombre mas prevenido y desconfiado, espuso al jeneral en jefe los deseos de retirarse á su casa si se le queria cangear por dos oficiales de igual graduacion, prometiendo desengañar á Rondeau de lo infructuoso de sus esfuerzos en continuar una guerra, cuya terminacion llevaba todos los caracteres de serle adversa, desde que el lejítimo Soberano habia sido restablecido al trono de sus mayores con aclamacion jeneral. Fué aceptada dicha proposicion de Rodriguez y admitido su cange por los coroneles Suarez y Sotomayor."

Ahí está segun el testimonio del enemigo, una resistencia tenaz y vigorosa, en vez de una entrega por traicion que figura la nota: una fuerza de 50 hombres, peleando contra 180, en vez de una fuerte division sacrificada de intento; una astucia del prisionero, que burló al enemigo, y evitó que le mandasen á las casas-matas de Lima, en vez de una conspiracion en favor de ese enemigo; y por último, un canje por dos coroneles, en vez de la fuga ó la soltura jenerosa. ¿Cual de los testimonios será mas atendible? ¿Que duda puede quedar de la falsedad de un papel, así desmentido por quien tendria mas interés en confirmarle? ¿Quien no vé que el odio de partido al noble gobernador de Buenos Aires en 1821, fué el oríjen de esa calumnia, de que le defiende el mas competente y acerbo, de sus enemigos?

La nota dice tambien, pag. 20, que el Congreso de Tucuman "declaró la independencia solo por captarse la aura popular, de acuerdo con el ilustrado ministro español que tenia la embajada en el Brasil." Existia, pues, en manos de la España ese gran documento, ese gran hecho, que alegar, no solo en la América, para desconcertar á los que continuaban haciéndola la guerra, sino tambien en Europa, ante las potencias que la amenazaban de reconocer la independencia de las colonias. Sin embargo, en tanto como se ha escrito en España, y en los puntos de América ocupados por sus armas, contra los independientes del Rio de la Plata, no ha aparecido una indicacion siquiera de ese hecho fundamental, cuya prueba oficial se dice que tenia el Embajador en el Janeiro. ¿Puede haber explicacion alguna de ese silencio, si no es la completa falsedad del hecho?

Uno de los méritos mas recomendados en la supuesta nota de la Junta, es que á los esfuerzos de esta se debió la ocupacion de la Banda Oriental por las tropas Portuguesas en 1817: se dice expresamente que tenian tratados secretos con el Rey Juan VI; que los portugueses eran sus aliados (pag. 26); que á sus esfuerzos se debia el que estos tuviesen la provincia oriental (p. 25), y esa idea se repite mil veces, designando siempre á D. Manuel José Garcia como el ajente de la Sociedad en el Janeiro. Bien, pues: ese mismo D. Manuel Garcia, fué quien firmó la nota de 4 de Noviembre de 1825, que sirvió de declaracion de guerra al Brasil, por causa de la Banda Oriental: la ocasion era la mas propia para echarle en rostro su perfidia; sin embargo, sucedió todo lo contrario. El manifiesto, que con ese motivo publicó el gobierno imperial, el 10 de diciembre de aquel mismo año, es un libro de 240 pájinas; de las que 224 están ocupadas con documentos: el objeto del Imperio fué demostrar que él tenia la provincia oriental, por voluntad de esta, por que sus pueblos le habian llamado, aclamado y jurado: en ese empeño dió á luz cuanto documento pudo reunir, de los que la seduccion y la fuerza arrancaron desde 1817 á los cabildos de los pueblos Orientales: publicó tambien su correspondencia con el Enviado del gobierno de Buenos Aires, y, sin embargo, no hay una indicacion sola de esos tratados secretos, de esa negociacion con la Sociedad. Muy léjos de eso; el manifiesto dice que "es en fin tiempo de descubrir al mundo entero" que el gobierno de Buenos Aires fué siempre pérfido y "trabajó sin interrupcion en las tinieblas para comprometer la marcha del Brasil." ¿Y que perfidias, qué trabajos tenebrosos son esos que el Brasil denuncia? No son otros que los esfuerzos y los trabajos para impedir que aquel se apoderase y conservase la Banda Oriental; tan léjos de haber sido para dársela, y para traer su conquista. Y téngase presente que esas quejas del manifiesto empiezan desde 1810, "cuando reventó la revolucion de las provincias españolas del Rio de la Plata, incluso Buenos Aires." Esos son documentos públicos, de autoridad indisputable; ellos confunden las calumnias, vulgares en 1817 y años despues, sobre inteligencias de los gobiernos de Buenos Aires con el Rey Juan VI, y olvidadas posteriormente, como desmentidas por los sucesos.