y por cuidarle pasóla en vigilia,

temiendo que le acometiesen

sañudas fieras que por el bosque rampaban.

162.

A cada despertar suyo del ligero sueño,

el atribulado prorrumpía en quejas,

que cual dardos se clavaban

en el pecho del moro piadoso y bienhechor.

163.