la harta agrura del dolor,

y bastaba una punzada del pesar ufano

para enajenar toda mi paciencia.

242.

Diríase que por la fogosidad de su ímpetu,

era preferible que el pecho se desencajara,

para que el veneno que criaba

se llevase la sangre en su estallido.

243.

Muy cerca de dos meses que no gustaba