Sólo imaginarlo, aun sin realizarse, basta

para abatir al corazón más endurecido.

298.

¡Oh, ofrecedores de fragante pebete

al gran altar del dios Cupido,

vosotros comprendeis mi dolor

al quedar huérfano de Laura amada!

299.

Y, no fuera por las lágrimas con que fui proveído,

hubiera ya muerto antes de sufrirlo,