dándome, a mi salida, mantenimiento
de vergonzantes perlas escurridas de sus ojos.
296.
Llegó el día de la marcha.
¿Quién soportará el dolor que me invadió?
En mi corazón ¿qué mal
hubo que no clavó su dardo?
297.
¿Habrá, tal vez, pena que supere en amargor
al del amante ausente del bien amado?