LITERATURA TAGALA 1593-1886
Doctamente dice el Dr. Rizal que el Florante es la "obra de la lengua tagala en todo su apogeo y magnificencia". Desde la conquista ciertamente venía apercibiéndose la lengua tagala para alcanzar el florecimiento a que llegó en los tiempos de Balagtás. Ya para ganar la voluntad de los isleños con propósitos de conquista y catequesis, ya por otros fines políticos, más tarde, es un hecho histórico que los dialectos filipinos, principalmente el tagalo, fueron los medios de comunicación, tal vez únicos y eficaces, entre peninsulares e isleños.
La publicación xilográfica en 1593 de la Doctrina tagalo-española demuestra que la lengua tagala tenía especiales cualidades literarias. De Fr. Juan de Plasencia o no dicha doctrina, es cosa averiguada que su Ave María es la que transcribe Hervás en su Origine......; la misma que admira Chirino en el capítulo sobre Lenguas; la misma que aprovecha Fr. Luis de Amezquita en su popular Catecismo y la misma que trompetean lippis et tonsoribus ciertos bibliógrafos y cronistas como escrita por Sta. Ana, o por otros glosadores de Astete y de Ripalda, aunque en un lenguaje más o menos modernizado, diría Fr. Pablo Rojo, no porque "le faltase algo, sino por la alteración y mudanza de los tiempos, a quienes de ordinario siguen los idiomas". Chirino halló en ella las cualidades de las lenguas Hebrea, Griega, Latina y Española. Cierta o no tal aseveración de Chirino, pasma a los doctos que el doble Renacimiento de que habían sido portadores los castellanos pudiera tener, desde los primeros años de la conquista, espléndida expresión literaria en tagalo, y sin rebutimiento de neologismos latinos o castellanos. Tal era su abundancia de sinónimos y frases, decía Chirino, que, elegantísima como es dicha Ave María, "se podría formar con semejante elegancia de otros varios modos, guardando la misma significación y sentido".
Desde 1602, año de la primera impresión tipográfica en las islas de Las Excelencias del Rosario en tagalo de Fr. Francisco Blancas de San José, los que pasan por incunables filipinos (1602-1640) vienen escritos en su mayoría en tagalo. Postrimerías (1605), Memorial de la Vida Cristiana (1605), Librong Pinagpapalamnan ... (1608?), Arte y Reglas de la Lengua Tagala (1610), todos de Fr. Blancas de San José; Librong ang Pan~galan ... (1610) de Fr. Gerónimo Monte; Vocabulario de Lengua Tagala (1613) de Fr. Pedro de San Buenaventura; Enchiridion de la Conciencia (1617) de Fr. Miguel de Talavera; Explicación de la Doctrina Cristiana en Lengua Tagala (1628) de Fr. Alonso de Sta. Ana; Confesionario en Lengua Tagala (1636) de Fr. Pedro de Herrera; el Belarmino (1637) en tagalo de Fr. José de Sta. María; Pan~gan~gadyí na Pinagcasondo ... (1637), obra conjunta de toda una asamblea magna de religiosos de todas las órdenes y clérigos, los mejores hablistas de la época, presidida por el Arzobispo Miguel García Serrano; Ang Pagcadapat ... (1639) de Fr. Pedro de Herrera, tales son las obras, voluminosas las más de ellas, de fecha conocida, de que da testimonio la Bibliografía filipina. Las de fecha desconocida, y, sobre todo, los manuscritos que corrían de mano en mano, harto prolijo sería citarlos y discutirlos aquí.
No todos ellos tienen un valor meramente lingüístico, arqueológico, histórico, o técnico; entre ellos los hay de valor literario. El Memorial del P. San José, reimpreso dos veces (1692 y 1835) y traducido al pampango en 1696, fue siempre libro popular y de consulta hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XIX en que vino a sustituirle el Claus del P. Rivas, monumento literario donde colaboró el autor del Florante. Aunque el P. San José escribió versos, era más bien gramático y lexicógrafo reformista, que poeta. Sabido es que sus décimas a la castellana parecieron a los ladinos de la época: magaling datapuàt, hindî tulâ (hábiles, mas no versos).
Desde Alonso de Sta. Ana datan los octosílabos en estrofas de seis versos, pero Pedro de Herrera (que tuvo por editor y acaso colaborador al gran Pinpín.) fue quien escribió los mejores octosílabos de entre los peninsulares, originales unos, y traducidos del latín, otros. Herrera tenía fama de ser el Horacio tagalo, según Gaspar de San Agustín. Por esto, el agustino Fr. Juan Serrano, al reimprimir en 1762 las Meditaciones ... de Herrera, añadiéndolas grandemente con otras de propia cosecha, reproduce ciertas poesías de Herrera, para con ellas contrarrestar la prosa y los awits de los isleños; y los agustinos, en opúsculo aparte, acoplaron parte de ellas con las poesías del P. Blanco, el botánico, y de Fr. Melchor Fernández, distinguidos hablistas ambos. Gaspar de San Agustín cita también como poetas a Fr. Antonio de S. Gregorio, que escribió mucho y bueno, y al jesuita Clain, varón en todo único y que versificó el Kempis. Clain, por las trazas, fue acaso el único también que escribió dodecasílabos intercisos a la manera tagala. Es una lástima que el Kempis no se haya impreso, porque, a juzgar por las muestras y por las otras obras dejadas por el P. Clain, éste no es solamente un lexicógrafo incomparable según el propio San Lúcar, sino un literato y poeta en lengua vernácula.
El siglo XVII finaliza o termina de una manera espléndida con el popular Catecismo Romano (1671) de otro jesuita, el P. Pedro Lope, que antecedió a San Lúcar en materia de acentos, y llegó hasta a hacer "fabricar sobre diez mil vocales acentuadas". Por las páginas de su libro excesivamente voluminoso, y con texto amazacotado, corre a intervalos sangre tagala de régulos.
El siglo XVIII fue el de oro para los peninsulares. Así El Compendio de Fr. Gaspar de San Agustín (1703) viene todavía siendo útil, sin exceptuar la obra célebre del P. Totanes; es el primero que trató de la poesía tagala y de su métrica, que luego secundó Fr. Francisco Buencuchillo, y el primero también que prescindió, algún tanto, del método lebrijano. Con todo, escribió pocos versos en tagalo. No conocemos de él más que su canción al Barlaan, en medianos octosílabos. En el mismo año se publicó el Vocabulario de Domingo de los Santos, calcado de las artes del agustino Fr. Andrés Verdugo y del dominico Fr. Blancas de San José, y del vocabulario impreso por Pinpín de San Buenaventura y de otro manuscrito de Fr. Francisco de San Antonio, libro muy útil, no obstante la deliberada omisión de voces antiguas, de que se quejaron los lingüistas, pero presto fue arrumbado y relegado al olvido por la obra maestra definitiva de los PP. Noceda y San Lúcar, este último, español-filipino.
Aparte la colaboración anónima manifiesta de filipinos de raza en el Vocabulario de Noceda y San Lúcar, colaboraron todavía en tan magnífico osario de la lengua los hablistas que ya fueron, y los de la época de dos de las principales órdenes religiosas de Filipinas. Trabajó en las letras A, B, C, D, el dominico Fr. Miguel Ruiz, y hasta las letras M, N, Ñg, O, Fr. Tomás de los Reyes, también dominico. Luego se hicieron cargo los jesuitas Pablo Clain, Francisco Jansens y José Hernández, que lo concluyeron añadiendo "cerca de cuatro mil raíces con sus juegos respectivos y necesarios". Por lo voluminoso de la obra, y porque se deseaba más certeza en la propiedad del significado de cada raíz, los revisores jesuitas decidieron pasarla, para su revisión, al P. Juan José de Noceda, que consagró para depurarla 30 años, no pasando "de una a otra (raíz) sin que se conviniesen doce indios ladinos en este idioma en la pronunciación, acento y significación de cada raíz".
Pero los verdaderos monumentos puramente literarios fueron, entre otros, Ang Infiernong Nabubucsan (1713) del P. Clain, y los opúsculos tagalos, en particular los tres tomos del Psalterio de Ejemplos á Nuestra Señora, del P. Juan José de Noceda, obras que, para San Lúcar, hállanse "dispuestas con voces propias y frasismo tagalog". Pero se levanta sobre todos ellos, y al cual coronó el éxito popular (era como el pan de cada día de los rápsodas tagalos, los dupleros), el Barlaan (1712) del jesuita Antonio de Borja, que merece capítulo aparte.