Procedente de la India pasó a Alejandría y de ahí a los griegos. San Juan Damasceno la popularizó en Europa. "El Príncipe y el Dervis" del filósofo barcelonés Abraham ben Hasdai, dice Menéndez y Pelayo, no es otra cosa que la leyenda de Buda, tan popular en la literatura cristiana con el nombre de Historia de Barlaan y Josafat, primera aunque remotísima fuente de la Vida es Sueño. ¿No será también remotísima fuente del Traüm ein leben (Sueño es una Vida) del gran poeta austriaco Grillparzer? Tan popular en España es esta historia que en Norte-América el Prof. Fonger de Haan escribió toda una monografía: Barlaan and Josafat in Spain.
Desde el siglo XVII, 1692, goza Filipinas de una versión castellana de esta obra, debida a la pluma del dominico Fr. Baltasar de Sta. Cruz, pero Fr. Juan de Paz la denunció a la Inquisición el 23 de Febrero de 1696. "Dióse a la censura de Fr. Juan Bautista Méndez y Fr. Agustín Dorantes, y en su consecuencia se mandó en 3 de Marzo que se tildase al folio 65 vuelto, desde la línea segunda hasta las palabras de por sí. Notificado Santa Cruz, respondió con un largo escrito, que se recibió en México en 7 de Enero de 1699. Volvió a la censura de los mismos, y a la de Fr. Pedro Antonio de Aguirre y Fr. Diego Marín, resolviendo el Tribunal en definitiva que se guardase lo resuelto".
No se sabe si la versión tagala de Antonio de Borja se ha hecho del libro de Sta. Cruz. Pero la obra del jesuita viene recomendada precisamente por el calificador del Santo Oficio, Fr. Nicolás de San Pedro, que la diputa por un verdadero Tesoro y de estilo sonoro, dulce y suave, porque, acomodándose el Autor "a lo más llano y natural, no tiene cláusula que, aun mirada en lo material de las voces, no sea digna de toda estimación, por lo mucho que enseña; palabra ninguna se le halla de sobra, ni tampoco se le echa de menos alguna que haga falta; y juega tan bien de la lengua Tagala y de sus modos de hablar, que sin usar de redobles, ni frases, ni raíces antiguas y voces decrépitas, le da al Tagalo con suavidad y elegancia la Doctrina que necesita, de calidad que no podrá alguno, desear, documento, ni enseñanza, que aquí no la halle".
Gaspar de San Agustín la dedica dos awits, uno en latín y otro en tagalo, y la llama en su aprobación Maná de la Celestial Doctrina, "proptuario lleno de lo que cree y enseña N.M. la Iglesia; y un acérrimo controvertista contra la gentilidad", de gran auxilio para los "Ministros de Doctrinas", pues el Autor consigue "más de lo que Marcial pretendía". Y aunque la lengua tagala andaba "tan pobre de términos en materias sobrenaturales, acéticas y políticas (?), cuanto superabundante en las económicas y mecánicas", todas estas dificultades las venció la erudición del Autor, "consiguiendo esta rigurosa traducción, sin omitir en todos los 40 capítulos de ella cláusula que, por difícil, se resistiese al mucho caudal que ha atesorado su estudio de la lengua Tagala". Y con añadir que el egregio tagalista Pablo Clain fue el que dió licencia para su impresión, está dicho todo.
Nada pues, de extraño tiene que los viejos dupleros, cultivadores de la gaya ciencia tagala, se regodeen con dicha obra: de origin oriental, y, después de recibir los beneficios del genio heleno y del latino, se restituye al país de origen, como el agua que, cargada de sustancias, vuelve al fondo del pozo, filtrada y hecha potable. Su forma de novela, en parte narrativa y en parte autobiográfica, seduce, porque es una serie de macamas orientales de color y sabor filipinos. De los siglos XVI, XVII y XVIII quizás el Barlaan sea el mayor monumento literario. El pueblo prestóle su lenguaje por un proceso de colaboración anónima parecida al de la del vocabulario de San Lúcar, acendrándole todavía el poeta tagalo D. Felipe de Jesús, que la prologó, y D. Gaspar Aquino de Belén, patriarca de los poetas autores de la Pasión, que la editó.
En este siglo se reimprimieron algunos monumentos de los siglos XVI y XVII, y tanto se multiplicaron los trabajos en tagalo de catequesis de los misioneros y doctrineros, que el Arzobispo Basilio Sancho de Sta. Justa y Rufina publicó su célebre Catecismo castellano en 1769, ordenando que fuera el que ocupase el lugar de sus congéneres en tagalo, para que sobre los diversos dialectos dominase el castellano.
"Ojala! que después de tantos años no huviera ya rastros de las diversas lenguas, que solas dominan en las Provincias conquistadas, y únicamente dominara en todas la Española; que tal vez, y sin tal vez, no serían aun los Españoles tan estraños para con los (isleños), se aficionarían estos más a aquellos, estaría más corriente la sociedad, habría más estrecha unión.... Pero siendo assí, que por espacio de doscientos años professan una misma (Religión) con nosotros, y dependen de la voz de un mismo Monarcha, no nos entendemos unos a otros; y tenemos por cierto, que mientras durare esta divissión de lenguas, subsistirá de ambas partes un grande estorvo para la Comunicación, para el Comercio, y para la Sociedad Civil, y aun para la unidad de la Religión......"
Pero ni por esto amainó el celo tagalístico de los peninsulares. Ninguno, empero, de sus escritos llegó a valer tanto como el Barlaan y el Vocabulario de San Lúcar.
Con la rica herencia de tres siglos entra el siglo XIX. Pero, no obstante la mayor cantidad de producción, el siglo ha dado pocos ingenios. Hay que hacer excepción, sin embargo, de los agustinos Fr. Manuel Blanco, el botánico, y Fr. Melchor Fernández, y del dominico autor del Claus. Blanco en cierto modo era poeta, y algunas coplas suyas, ya hemos dicho, formaron ramillete con otras de Herrera y M. Fernández. Pero su obra capital en tagalo es su Tissot (1824), que fue como un digesto de los herbolarios en los tiempos que se carecía de médicos, y un Tobías de las familias tagalas. El literato tagalo necesariamente tendrá que habérselas con esta obra, si ha de querer saber llamar por sus propios nombres a las yerbas y plantas medicinales del país, y a las manifestaciones de su flora. Así se enseñoreará del lenguaje familiar y gráfico, que, bellamente usado, dará vigor y precisión a su estilo, aparte la utilidad del libro para una farmacopea indígena, pues el capítulo de los sucedáneos resume así las observaciones de Clain y Sta María como las propias con manifiesta competencia.
Las obras de Fr. Melchor Fernández forman una serie respetable. Notable es su Catecismo (1836) dispuesto a manera de diálogos socráticos, seguido de la Carta Pastoral en 1706 del Arzobispo Camacho, a la que puso comentario en prosa y en verso octosílabo, y adiciones que constituyen hasta documentos forklóricos muy apreciables. También es notable su Filosofía.... (1838) enriquecida con poesías originales y traducciones, entre ellos, la del soneto atribuido a San Francisco Javier. Las obras de Blanco y Melchor Fernández tienen la ventaja de que carecen de afectación retórica, y por objeto, mover el ánimo y ser útiles, sin epiqueyas ni lucubraciones ociosas.