Verdadera obra de consulta es, sin duda alguna, el Claus (1853-62-64-71) del dominico Fr. Benito Rivas. Trata de sustituir las obras voluminosas de Blancas de San José, pero resulta menos manual que las sustituidas, pues comprende cuatro gruesos volúmenes. Viene, además, algún tanto recargada de castellanismos y provincialismos, pero, así y todo, es la obra más comprensiva y dogmática del género. Se desliza en sus páginas cierto aire sutil de escolasticismo nervioso, a pesar de su austera sobriedad, creada en ocasiones con las brisas inspiradas por la generosa solanera de Balagtás que colaboró en esta obra.
Con las obras de Blanco, Fernández y Rivas se volvieron a reimprimir las obras maestras tagalas, como el Barlaan (1837) y antes de 1838, debido al celo del Arzobispo Segui, el Memorial de San José, Catecismo Romano, Ejercicio Cuotidiano y el Catecismo del Padre Pouget; luego los dalits de Herrera en 1843 y, nuevamente, el Catecismo Romano en 1854, sobresaliendo, entre los trabajos similares de la época, el popular Casaysayan.... (1868) de Exequiel Merino, o sea, el Mazo tagalo.
Tal es el inventario de los monumentos literarios debidos a los miembros de las cuatro corporaciones religiosas, a los cuales el favor popular otorgó su exequatur, aunque los que pasan por doctos aún no han parado mientes en ellos, y continúan perdiéndose en laberínticas discusiones sobre artes y vocabularios más o menos lebrijanos, tratando a la lengua tagala, a la bisaya, a la ilocana, etc., como una mera curiosidad bibliográfica, y, cuando mucho, como término de comparación de una filología ad usum Delphini, cuando, como se ha dicho, la lengua tagala poseía ya condiciones literarias desde, o antes de, la conquista. Como que la Doctrina de 1593 es más joya literaria que ciertos artes y vocabularios, excepto alguno que otro, el de San Lúcar, por ejemplo. Los inventariados, cual más cual menos, traen sello popular, con una fuerza colectiva que es verdadero elemento de arte. No se elaboraron en solitarios gabinetes de estudio, sino en el seno del tagalismo, en misiones y doctrinas, por varones de arcilla de héroes, que recogieron y bebieron el aliento del pueblo anónimo. Casi todos ellos son traductores, pero algunos, al traducir al tagalo los ascéticos y los libros de origen oriental, y los libros sagrados o bíblicos, no sólo ensancharon y rejuvenecieron las letras humanas, sino que, en cierto modo, restituyeron el saber y las artes a su cuna.
Respecto a los filipinos, hablaremos únicamente de los conocidos y aun de aquellos anónimos de quienes los impresos traen o citan muestras de su ingenio.
Desde el Memorial de Blancas de San José aparece D. Fernando Bagongbanta con un awit en octosílabos estróficos de cuatro versos. Bagongbanta tiene la consideración de isleño ladino, es decir, de conocedor del castellano. Epiloga esta obra otro tagalo anónimo, mejor versificador que Bagongbanta. Pero desde 1610 la Bibliografía registra todo un libro en regla: el Librong ... de Tomás Pinpín, patriarca de los tipógrafos y humanistas filipinos. El prólogo de este libro es importantísimo para la historia técnica de la poesía tagala. En él aparece por primera vez un awit escrito en romancerillos de cinco, seis, siete y ocho sílabas, medidas que aisladamente corrieron a lo largo de la literatura tagala, privando en los isleños los pentasílabos, hexasílabos y heptasílabos, y, en los peninsulares e isleños ladinos, los octosílabos, con excepción del Padre Clain. En sus comedias los isleños duplicaron los tres primeros, convirtiéndolos respectivamente en versos de nueve o diez, doce, y de trece o catorce sílabas, y usaron solamente de los octosílabos en las canciones interpoladas en ellas. Así en la comedia antigua de San Dionisio Aeropagita, de un anónimo, los versos son de doce, catorce, trece y once sílabas; pero el de catorce son dobles heptasílabos, y el de doce, dobles hexasílabos.
Dito sa daquilang—caharían ñg Grecia
y lo mismo estos otros del Padre Clain:
Quita,i, sinasamba—Dios na naliligpit
Na sa sacramento,i,—tantong sungmisilid,
son verdaderos dobles versos de seis.