Los de once sílabas son rara avis, y los de trece y catorce, a guisa de alejandrinos, desaparecieron pronto del escenario y fueron sustituidos por los de doce, por las combinaciones de doce y seis, con interpolaciones de ocho, en las comedias o piezas de alguna extensión. Pero lo más corriente en los isleños, en sus piezas características, como awit, kumintang, kundiman, son los dodecasílabos intercisos. También son frecuentes en las piececillas cortas los romancerillos heptasílabos. En este metro vienen escritos los versos de los cinco anónimos que cita Gaspar de San Agustín, y en estrofas de tres, cuatro y cinco versos.

En Pinpín ya queda indicada esta tendencia de la lengua. De los 34 versos de que consta su awit, 22 son de seis sílabas; 7 de 5; 4 de 7, y tan sólo 1, de 8 sílabas. Esto de acuerdo con la práctica seguida por los tagalos en las determinaciones de las cantidades silábicas, porque, de acuerdo con el propio Pinpín, la cosa acaso varíe. No hay que olvidar que Pinpín tenía verdadero culto al castellano, y combinaba los usos castellanos y tagalos en materia de sílabas finales, sinalefas e hiatos, con un género de libertinaje métrico propio de toda época de transición. Bajo este punto de vista, mientras la canción de Pinpín es un romancerillo en hexasílabos para los ladinos, para los no ladinos, o la masa tagala, es una combinación de versos de 6, 5, 7 y 8 sílabas.

Para hallar otro tan conspícuo y de mayor prestigio poético que Pinpín (colaborador de Blancas de San José, Pedro San Buenaventura y Pedro de Herrera, y de cuyas obras fue impresor) necesitaríamos poner el pie en los liminares del siglo XVIII. Ábrese este siglo en 1703 con el nombre del venerable Gaspar Aquino de Belén, autor del primer poema religioso de la Pasión. Su libro consta de dos partes, prosa y verso; la prosa es una traducción de la recomendación del alma del jesuita Tomás de Villacastín, prosa que rivaliza con la prosa del Barlaan que él editó en 1712, y la parte en verso es la Pasión, poema que en medio siglo tuvo cinco ediciones, y fue traducido casi a todos los dialectos.

No se sabe si con anterioridad o posterioridad al poema de Aquino de Belén, se publicó por primera vez la Pasión de D. Luis Guían. El jesuita Delgado, que debió de conocer el poema de Aquino de Belén, no menta, sin embargo, en materia de Pasiones, más que la de Guían, la cual califica de excelentísima, y la hizo re-imprimir en 1750 o 51. Debió ser ésta en quintillas de ocho sílabas, como el poema de Aquino de Belén y todas las pasiones tagalas.

D. Felipe de Jesús, aunque no fuera más que por su citado awit al Barlaan (1712) en 46 cuartetos octosílabos, no va a la zaga de Aquino de Belén, y, líricamente, le aventaja.

Si no como poeta, y sí como lexicógrafo y docto crítico de peregrina expresión literaria, descuella sobre todos sus predecesores en su género, el jesuita filipino San Lúcar. Su obra, según sus censores, especialmente el tagalista discípulo de San Lúcar, el agustino Fr. Juan Serrano (de quien el P. Mesquida decía en la aprobación de Meditaciones que "si las Mussas dieran en hablar el Tagalo, havian de preciarse mas de Serranas por el Estilo Tagalo"), era superior al Nilo

Vocabulario Mong lalang

Nilo ay nilalaloan,

y, como un inmenso río, tuvo por tributarios a todos los artes y vocabularios de los mayores talentos de las cuatro órdenes religiosas, principalmente la dominicana y la ignaciana. Fuele dada a San Lúcar la gloria de poner cima a la obra tres veces secular de los españoles y de toda la "nación tagala", que "se compone ya del Comintang, ya de los tingues, ya de los tagalos de Corte", según el propio San Lúcar. Blancas de San José dice que la nación tagala la integran: "Comintan, Laguna, y Tagalos". Según Gaspar de San Agustín: "Comintan: (las) provincias la Laguna y Batangas"; y según Domingo de los Santos: "los tingues son desde los montes de San Pablo por Nacarlan hasta Calaylayan donde estaba antiguamente la Cabecera de Tayabas, y de allí corre los Montes de Cabintí, hasta Bilingbiling, que es por cima de Mabitac", pero añade que "no hay que reparar mucho en esto, porque se hallarán muchos que, aunque son de los Montes, los entienden en la Laguna, y en Manila". Son, pues, tagalos de Corte, o simplemente Tagalos, los de Manila, Bulacán, Bataan y Cavite. Así quedan determinadas las regiones cuyos modos de hablar fueron registrados en el Vocabulario de San Lúcar.

La incomparable modestia de este santo varón, "un San Francisco Javier en el fervor de sus misiones, y un San Francisco de Asís en el despego a las cosas de este mundo" para Fr. Blas de Plasencia, le mueve a atribuir lo mejor de su libro a las contribuciones del Padre Clain y del Padre Noceda, pero sus censores, Serrano y Blas de Plasencia, y las licencias del Gobierno y del Ordinario, a una adjudican a San Lúcar la paternidad de la obra. "Habla con tanta elegancia como escribe, y escribe con tanto primor y discreción como habla", porque "es menos difícil el hablarla a los que nacen en estas tierras"; no sólo puso "los juegos a los que dicho Padre (Noceda) ha añadido al Vocabulario del Padre Clain, porque el del Padre Noceda no tiene ningún juego", sino añadió "más de tres mil términos o voces que hasta ahora no se hallan en vocabularios que tratan de este idioma", dice Blas de Plasencia; y como águila que nació con alas, dice el eximio Serrano, ya desde "sus primeros años era perfecto en este idioma". Ha hecho, pues, una verdadera refundición de todos los trabajos de sus precedesores y contemporáneos, confundiendo las aguas de los tributarios en las sagradas de su Nilo. Ciertamente era el primero en notar que ciertas composiciones tagalas no se distinguían de las castellanas sino por las voces: tenían frasismo castellano neto.