Pero lo que más importa son las condiciones literarias del autor y el espíritu crítico que preside la obra. Multiplicó los ejemplos sacados de la tradicional paramelogía tagala; distinguió con tino crítico lo vulgar de lo popular, dándole en ojos que ciertos acertijos, refranes o proverbios versificados, si eran todos una manifestación del saber popular, muchos de ellos no tenían adarme de poesía: eran mero recurso nemotécnico; sacó a plaza muestras de las comedias de su tiempo; tuvo el buen gusto de registrar aquellas voces propias del dialecto poético, como banloqui, olohati, lohar, etc., etc., y los idiotismos, decires figurados o metafóricos y ciertas expresiones pintorescas llenas de gracia y encanto, cosas todas que brillaban por su ausencia en los trabajos de sus predecesores. Es lástima que cite poco de sus colaboradores D. Juan de los Santos y D. Juan de Ariola, poetas de ingenio peregrino y pintoresco, especialmente el último, cuyo romancerillo heptasílabo es tagalo fino de corte y de noble prosapia. Una tercera parte de los ejemplos en esta obra tiene carácter literario, poético y pintoresco, pero las dos terceras partes, desgraciadamente, son de carácter más bien vulgar que popular y artístico. Se sabe, por los preliminares, que ninguna voz estampóse en esta obra sin que antes conviniesen doce ladinos en la pronunciación, acento y significación de cada raíz; lo que prueba, aparte de la probidad y conciencia literaria de sus autores, que ninguna obra tuvo mayor colaboración anónima del pueblo que ésta, y, por cuya causa, razón tiene San Lúcar para señalarla, en su característico lenguaje, como una obra de la "nación tagala".

De entre los impresos del siglo nada hay comparable a lo ya citado. Pero los manuscritos, sobre todo los cartapacios de la dramaturgia tagala que recorrieron todas las provincias tagalas y sus pueblos y barrios, eran tantos en número, y la afición a las representaciones domésticas y clandestinas de cosas del país escandalizaron tanto a los misioneros que el Arzobispo de Manila hubo de prohibir en 1741 su concierto en las estancias, tierras o huertas de los indígenas, sin licencia del Ordinario.

Pero el mayor siglo de la literatura fue el siglo XIX. Apenas habrá provincia que no haya registrado su obra maestra durante los tres primeros cuartos de siglo. A Manila y sus arrabales pertenecen: la Pasión, llamada vulgarmente de Pilápil, que es la más popular, y data de 1814, pero en realidad es obra de un devoto, revisada por el Dr. Pilápil y el P. Manuel Grijalvo; varios opúsculos religiosos del Dr. Pilápil, reimpresos en 1830-35, entre ellos Maicling Casaysayan ... y Pagsisiam; las celebérrimas Pláticas del P. Modesto de Castro (1855), la mejor colección de oratoria sagrada; M~ga Sariling Uicang Magisa ... (1856) del P. Florentino Ramírez, quizás la mejor glosa de ascética filipina; Guía de Pecadores en tagalo (1856) de un autor anónimo; la serie de trabajos llenos de unción religiosa de J. Tuason, entre ellos: Tobías y Matuid na Landas ...; Sa Martir n~g Golgota (1886) de D. Juan Evangelista, novela encantadora de una vaguedad romántica, alada y sutil y, finalmente, el Arte Musical ... (1884-87) del P. José M. Zamora.

A Bulacán, si no le perteneciera más que el Florante (1838), esta obra bastaría por sí sola para dar gloria no sólo a la provincia sino a todo Filipinas; pero le pertenecen, además, el awit de San Alejo (1858) de Alejo del Pilar, tío de Marcelo H. del Pilar; el awit de San Raymundo (1876) de Mariano Serapio; la Pasión (1852) del P. Aniceto de la Merced, la más literaria de las Pasiones, y M~ga Puná del mismo autor, obra de controversia y de crítica teológica, única en su género, escrita toda en adustos y truculentos dodecasílabos, y, finalmente, la popularísima Urbana y Felisa (1877) de Modesto de Castro, obra la más clásica de prosa tagala.

A Laguna pertenece la Aritmética ... (1868) de D. Rufino Baltazar Hernández, libro que era una de las delicias en Europa del Dr. Rizal, y perla literaria que, a despecho de sus castellanismos, a una energía insólita junta una frescura primaveral de sementera o de rodal de cocoteros a los primeros aguaceros de Mayo, y a Batangas: los opúsculos y libros del Dr. Vicente García, entre ellos Casaysayan n~g m~ga Cababalaghan (1856), donde ya sonríe y juguetea aquella lengua tan sencilla, tan ingenua, tan sabia, tan austera y tan dulcemente mística que alcanzó su plenitud en el Kempis (1880), acaso la mejor versión directa del latín en lengua alguna.

Se diría que, sin distinción de casta, los autores citados, españoles y filipinos, eran en su mayoría teólogos; cierto, pero teólogos hijos del Renacimiento, que participaban ampliamente del espíritu de generosa y libre indagación que el Renacimiento trajo consigo, según un gran maestro; atentos a todo rumor de la vida y a las nuevas e inmediatas aplicaciones de la ciencia divina, a la que hacían descender de los cielos para tomar parte en las contiendas de la tierra, y controversistas hechos a aquel movimiento de las escuelas teológicas del siglo XVI, tan vivo, tan animado, tan pintoresco y hasta dramático en ocasiones.

Por eso en sus momentos de oración y de reposo, solían elevar el alma a Dios y derramar en sus escritos un misticismo no egoista, y una filosofía la más alta y más generosa. A su misticismo vienen de perlas estas hermosísimas palabras de un crítico, dichas a propósito del de Santa Teresa de Jesús: "No es misticismo inerte, egoista y solitario el suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde y aniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poder en aquel abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del vino, donde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, porque Él le ordena la caridad, y es Marta y María juntamente; y, embriagada con el vino suavísimo del amor de Dios, arde en amor del prójimo y se afana por su bien, y ya no muere porque no muere, sino que anhela vivir para serle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la actividad de su briosa y rica existencia".

El disfavor para con estos libros se cifra en sus tejuelos y títulos, y la preocupación, nada más que preocupación, de que los tales libros no contienen nada útil para nosotros. Sin embargo, el más recalcitrante filipinista encontrará en ellos cuanto acaso podría legitimarle como tal filipinista. En sus páginas se encierran, quizás, las únicas noticias folklóricas; ingerido en las lecciones, va, a veces, todo un costumbrero con datos preciosos sobre usos y costumbres filipinos, y hasta aplicaciones de las leyes consuetudinaria y escrita, porque en ellas se exponen, precisamente, para reformarlos o anatematizarlos, y están como vistos con ojos de adversario, y, por lo mismo, los defectos acusados tienen rigurosa exactitud: corregibles.

A partir de 1882, desde la publicación de Diariong Tagalog, inicióse nuevo rumbo en la literatura tagala, rumbo firmemente trazado y ejecutado por los precursores, pero fuera de lugar aquí; no son frutos tardíos como los ya citados de la espléndida estación balagtasiana.

Importantísimo como es lo catalogado, es todavía mayor la importancia de los manuscritos de la época. Es averiguado que los manuscritos de la mayoría de los impresos circularon dos o tres años antes de su impresión. La escasez de impresos, y la ansiedad de lectura por parte de los naturales hacía que cada cual se procurase copia manuscrita del impreso de su particular devoción. A esta circunstancia debimos una copia de la edición de 1853 del Florante.