CONCLUSIÓN
El Florante es el mayor monumento de la lengua tagala en el período de su tal vez única madurez. Tal es esta madurez que, si descartamos del período el Florante, la Pasión de Aniceto de la Merced y Felisa y Urbana de Modesto de Castro, frutos los más espléndidos del período, todavía nos quedarán el San Raymundo, Sa Martir n~g Golgota y el Kempis, frutos tardíos, en verdad, pero que en cualquiera de ellos podría representarse dignamente la era, sin que monumento alguno de época anterior y posterior pueda aventajarles en magnificencia literaria, no sólo tagala, sino aun castellana de estas Islas.
Rigurosamente hablando, nunca tuvimos edad de oro del castellano; seguimos aún en pleno período de formación y desarrollo. Nuestro primer monumento en esta lengua, digno de tal nombre, fue el Noli, y el Noli se escribió fuera de las Islas. En puridad comenzó la briosa manifestación del castellano cuando la Revolución. Desde 1898 hasta el día, fueron escritas ciertamente páginas admirabilísimas, tal vez inmortales, para nuestro criterio. Pero de ellas, transcurridos dos cuartos de siglo, ¿cuáles quedarán y cuáles el juicio de la posteridad, libre de la pasión y el interés del momento, confirmará? Tal vez sólo el Noli, porque le escudará la heroica glosa de la vida inmaculada de su autor; quien precisamente consagró el poema. ¿Llegaremos a la edad dichosa, cuando al castellano amenaza ruina, y el inglés, con una pujanza inquebrantable, clama por la arena como púgil vigorizado con un nuevo óleo de vida?
Sean cuales fueren los motivos políticos que tuvieron los primeros conquistadores, siempre será un hecho histórico y literario que, si el castellano hubiese privado como medio de inteligencia y comunión espiritual entre españoles y filipinos, ningún dialecto, el tagalo especialmente, habría tenido el progreso que tuvo, ni arribado al estado de lengua cultísima, que, por sus monumentos, ya no será posible que perezca. Si el propósito fue evitar así la emancipación de las Islas, el remedio fue seguramente contraproducente, porque, elevado a lengua literaria, el dialecto no fue solamente idioma exclusivo del hogar, sino vehículo poderosísimo que fue circulando por las Islas las ideas de emancipación. Es cosa averiguada que los precursores se valieron del tagalo para inundar las Islas de minúsculos evangelios y opúsculos revolucionarios, que minaron por su base el poder hispano en la Islas.
A partir de la emancipación, y por obra del nuevo ambiente, la lengua tagala ha venido a menos, y seguirá viniendo todavía más a menos, porque le disputan el imperio regional dos lenguas que casi vienen monopolizando la opinión pública de las Islas: la castellana y la inglesa.
Con todo, los acentos del poema seguirán todavía triunfando, mientras el sentimiento nacional no desaparezca de las Islas. Y si el poema fue la inspiración constante de Rizal y de los llamados precursores que prendieron con una cadena de amor, y, como diría el autor de San Raymundo, con isang tali-taling sinta,t, pag ibig los sentimientos y anhelos de la pasada generación con los de la presente, el poema también será el que soldará los de la presente con los de la generación por venir. No conocemos otro poema que con un prestigio poético insuperable tienda más a fortificar y a elevar el carácter del hombre, a dignificarle, a inspirarle espíritu de sacrificio, de tolerancia y de justicia y a alentarle en la senda de la vida para que no desmaye y claudique hasta el fin, pues, como dijo otro poeta, "sólo merece la libertad y la vida quien ha de conquistarlas cada día". Por todo ésto, y porque Balagtás fue profundamente humano, culminará en el grupo sagrado reservado únicamente a los escogidísimos que supieron interpretar con emoción y ternura los acentos de la naturaleza:
Quique pii vates el Phoebo digna locuti.