Paréceme escuchar tu eterna frase:
tres días ha los ojos no se ven,
y con cierta alegría contestaba:
tiene el mortal vicisitudes cien.

Ya ves que nada escapa al pensamiento
que restituye la ilusión que fue;
por añorarla, correrán las lágrimas
a mares mientras gimo: ¡Oh, hado cruel!

¿Dónde está, Celia, del vivir consuelo,
nuestra pasión no prosperó, por qué?
¿do el tiempo aquél que una mirada suya
era mi dicha, fortaleza y fe?

¿Por qué no se tronchó aún mi pobre vida
cuando llegóse el vínculo a romper?
Muerte mayor me brinda tu recuerdo
y no te olvido, Celia, hoy ni después.

Esta pena insufrible que me acosa
y de tí viene, ¡oh, mi perdido bien!
estimuló mi lengua a decir versos
y de un alma rimar el padecer.

Celia, mi Musa es balbuciente y torpe,
y triste el dejo de su voz, lo sé;
cuando sufre torturas, sólo canta,
¡llegue a tu oído y corazón su prez!

Rindo a tus plantas de mi erial cerebro
éste que brota manantial primer;
acógelo, si bien de gusto falto,
nació de un pecho en sus amores fiel.

Aunque la infieran críticas y agravios,
grande la acción por mis fatigas es,
y el galán al leerla, tu recuerdo
en un sollozo envíale siquier.

Gayas Ninfas del Bay en la Laguna,
Sirenas, cuyo acento sabe a miel,
a vosotras mi Musa muy dolida
acude ansiosa a implorar merced.

Viniendo de las pampas y secanos,
mi arpa acompañe mi canción de hiel,
que narra que, aun segándose la vida,
quiero hacer inmortal mi fiel querer.