Aquella Celia que me dio zozobras,
recelando su olvido merecer,
la que en el ancho piélago insondable
del infortunio sepultó mi bien.
¿Me olvidaré de repasar siquiera
de nuestro amor idílico el ayer?
¿La pasión que ella prodigóme un tiempo,
las fatigas y penas que gasté?
Huyeron los dulcísimos instantes,
quedando sólo amor, cariño fiel
que he de alentar sin fin, hasta que yazga
en el sepulcro mi marchita sien:
Ora que peno en mi orfandad a solas,
buscando alivio a mi dolor cruel,
voy leyendo en buen hora lo pasado
y en tu imagen encuentro mi placer.
En esa imagen que el pincel forjara
y se esculpió en el fondo de mi ser,
única prenda que me dio en herencia
y hasta la fosa de guardar la habré.
Mi alma cruza las calles y los barrios
que sintieron las huellas de tu pie,
y en los remansos del Beata e Hilom
mi corazón discurre a tu merced.
¡Cuántas veces sentóse mi memoria
en el mangal que nos miró una vez,
y al ver los frutos que coger ansiabas
recreaba mi huérfano querer!
Cuando estabas enferma, mis suspiros
iban a unimismarse con mi ser,
mis ayes son mi Cielo; el aposento
que va la lluvia a traspasar, mi Edén.
La persigo a tu sombra en el Makati
que la arrulla con plácido vaivén,
y en la graciosa orilla te adivino
sobre la piedra hollada por tu pie.
Paréceme que torna y aparece
el tiempo que voló con rapidez,
cuando, al bañarte, al agua te arrojabas
por no alcanzar la pleamar tu piel.