Todas las alegrías se acabaron para mí,
hasta la vida me es un estorbo.
¡Padre! mucho no esperarás
para, en la descansada patria, abrazarme.
98.
Interrumpió brevemente su soliloquio el desgraciado,
dando tiempo a que las lágrimas se desatasen;
del piadoso moro que lo oía
de lástima casi estallaba el pecho.
99.