El siguiente dia después de la llegada de Berenguer, asistiendo toda la nobleza de la Corte, así extranjeros como naturales, Roger de Flor, habida licencia de Andronico, se quitó el bonete, insignia de su dignidad de Megaduque, y juntamente con el sello, baston y estandarte de su oficio, le entregó á Berenguer; rehusólo, y sin duda no lo admitiera, si el Emperador resueltamente no se lo mandara. Causó en los Griegos gran admiracion la cortesía de Roger, y Andronico la celebró, y honró con otra más señalada merced, ofreciendo á Roger título de César, uno de los mayores de su Imperio; con que entre ambos quedaron obligados, y los Griegos ofendido de ver que Andronico diese el título de César desusado ya en aquel imperio por sospechoso á los Príncipes. En los tiempos antiguos, cuando floreció el Imperio Romano, llamar á uno César, era señalarle por su sucesor, como lo es entre los Emperadores occidentales el Rey de Romanos, en Francia el Delphin, y en nuestra España el Príncipe. Pero declinado ya el poder de los Romanos, después de dividido el Imperio, los Emperadores Griegos daban solamente el título de César, sin algun derecho de sucesion; pero siempre quedó estimado este oficio, puesto que solo era sombra de lo que fué. Túvose después por el primero, hasta que la dignidad de Sebastocrator fué preferida, cuando Alejos Commeno dió su segundo lugar en el Imperio á Isacio. Esta tambien perdió después su precedencia y autoridad, cuando el mismo Alejos, por quedar sin hijo varon, casó su hija primogénita Irene, con Alejos Paleólogo, dándole título de Déspota, que es lo mismo que llamarle á uno señor, y fuera sin duda Emperador si no muriera antes que su suegro; de suerte que la dignidad de César en aquel Imperio es la tercera, por ser la primera la de Déspota, y la segunda la de Sebastocrator. Dice Curopalates que estas tres dignidades no tienen particular ocupacion á que acudir, y que al César le llaman señor; palabra tenida por soberbia, y debida solo á Dios en los tiempos antiguos aún de los mismos Emperadores, pues leemos de Augusto, de Tiberio, y de algunos otros que jamás consintieron que les llamasen señores. Tratavanle de Magestad al César, el bonete que llevaba era de oro y grana, y su remate casi como el del Emperador, la capa de grana, las media y zapatos de color celeste, y la silla como la del mismo emperador, pero sin águilas, iba junto al Emperador en las públicas entradas y acompañamientos, y vivia dentro de su Palacio. Todo este suceso que se ha referido es conforme se saca de lo que Montaner en su historia, y Berenguer en sus relaciones no dejó escrito. Pero George Pachimerio en el cap. II del libro 12 refiere con alguna variedad este suceso; y así me ha parecido no confundirlo con lo de arriba, ya que no los podia conciliar, para que el que lo leyere pueda con claridad hacer juicio de lo que le pareciere más verdadero.
Determinado ya el Emperador de recibir á Berenguer de Entenza, le envió á llamar muchas veces, que se decia estaba en Galípoli, y para asegurarle le envió sus patentes con sellos pendientes de oro, en que le prometia con juramento, que queriéndose quedar le trataria con buena voluntad, y ánimo amigable, y que cuando se quisiese ir no lo impediría. Berenguer recibidos los despachos, con la fé y palabra del Emperador, se fué á Constantinopla con dos navíos, pero llegado, no quiso salir fuera de ellos, y envió el aviso al Emperador de su llegada. Mandóle luego al Emperador llamar, y le envió coches y caballos para que entrase con mucha autoridad y honra, pero Berenguer ni quiso salir de los navíos, ni obedecer, pidiendo que el Emperador le enviase en rehenes á su hijo el Déspota Juan. Pareció esto mal así al Emperador, como á todos, pues no se fiaba de su palabra y juramento; y así le dejó muchos dias en los navíos. Finalmente llegándose el dia de Navidad le envió á llamar, diciéndole que estuviese de buen ánimo pues le habia asegurado con su fé y palabra. Estuvo dudoso mucho tiempo, hasta que se desengañó, y se fué al Emperador, de quien fué magníficamente recibido, pero siempre se retiraba á los navíos, á donde el Emperador tuvo siempre cuenta de regalarle. El dia de Natividad le tomó al Emperador el juramento de fidelidad, y con esto le dió la dignidad de Megaduque del Senado, y le dió la vara dorada, invencion nueva del Emperador, y le vistieron al modo y uso de Senador, con que dejó sus navíos, y se fué á posar á Cosmidio donde estaban sus Catalanes, que algunos de ellos fueron tambien honrados con títulos y mercedes grandes; y desde entónces Berenguer tuvo grandes autoridad con los privados, y en los consejos de Andronico. En el juramento de fidelidad que hizo Berenguer disimuló su engaño, dando muestras de verdad y llaneza; pues habiendo de jurar que sería amigo de los amigos del Emperador, y enemigo de sus enemigos, exceptuó á Fadrique de los enemigos, porque decia que le habia jurado antes amistad. Esto pareció á los inteligentes que encerraba en sí algun gran secreto, más de lo que exteriormente parecia; otros lo tomaron bien, diciendo que como fué fiel á Fadrique, así lo sería al Emperador, con que ganó opinion y gloria, siguiendo la sentencia de Platon, de cuanta importancia sea el parecer bueno y justo para ganar opinion, y poder engañar.
CAPITULO XXI.
Los Genoveses persuaden al Emperador la guerra contra los Catalanes, y Miguel Paleóloga hace lo mismo, y alborotase en Galípoli la gente de guerra.
Los Genoveses de Pera, que poco antes fortificaron y engrandecieron con fosos y murallas, fueron los primeros que hicieron sospechosas nuestras armas, y pusieron duda en nuestra fidelidad, diciendo al Emperador Andronico, que tenian nuevas de Poniente, que se preparaba una grande y poderosa armada para acometer las Provincias del Imperio á la primavera, y que esto lo tenian por cierto por manifiestas conjeturas; y que los Catalanes que antes estaban en su servicio, y los que después con Berenguer de Entenza vinieron, estaban unidos para su daño, y no para su defensa, porque se correspondian secretamente con los de Sicilia; y que el hermano bastardo de Don Fadrique Rey de Sicilia se entendia que venia con doce navíos para juntarse con ellos, y que para entonces aguardaban el declararse, y poner en ejecucion sus intentos. Estos fueron los embustes con que los Genoveses quisieron destruir los Catalanes, y ellos introducirse, y hacerse muy confidentes, y celosos del bien comun del Imperio. Aconsejaron á Andronico, segun dice Pachimerio, que acometiese desde luego á los Catalanes con guerra descubierta; que ellos tenian cincuenta navíos en órden, y que con otros tantos que se armasen por el Emperador, ó se les diese dinero á ellos, aunque fuese en largos plazos, los pondrían ellos en la mar; y que á esto solo les movia ver á los Griegos maltratados, la tierra que ya tenian por patria maltratada y destruida de los que vinieron para defenderla. No dió el emperador por entonces crédito á los Genoveses, creyendo que eran quimeras fingidas de su maldad y envidia, nacida desde que pusieron los Catalanes el pié en Grecia. La fé y juramento prestado de los Catalanes tambien lo aseguraba; pero respondióles que agradecia su cuidado, y lo que se dolian de los trabajos de los Griegos. Mandóles que callasen, y que él consultaria lo que se debia hacer, y que consultado lo ejecutaria.
En este mismo tiempo la honra y merced que Andronico hizo á Berenguer, irritó el ánimo de Miguel Paleólogo para nuestra ruina, y persuadido de los Griegos comenzó luego á tratar de ella, intentando para esto todos los medios más eficaces que pudo, atropellando leyes divinas y humanas. Estaban los Griegos tan envidiosos y soberbios, que con rabia y furor increíble, aunque con algun secreto, andaban maquinando traiciones y alevosias; con lengua y manos solicitaban á Miguel ya mal afecto contra nosotros, encareciendo la gran reputacion de las armas de los Catalanes, y que ocupaban los supremos cargos de su Imperio, en grande mengua de su Magestad, y deshonor suyo. Creyeron siempre los Griegos que nuestros Catalanes fueran como los Alanos y Turcoples, que no se les levantaban los pensamientos á más que vivir con una triste y miserable paga; pero cuando vieron provehidos en ellos los oficios de César, Megaduque, Senescal y Almirante, y que tenian brios para aspirar á los que quedaban, advirtieron su daño, y comenzaron á sentirse de que las fuerzas y honras del Imperio se pusiesen en manos de extranjeros. Al tiempo que entre los Griegos corrian estas pláticas y sentimientos, los soldados de los presidios por parecerles que la paga se dilataba, maltrataron á los Griegos de los pueblos donde estaban alojados: mal forzoso de la guerra, y que difícilmente el rigor militar de los más insignes Capitanes lo ha podido atajar. Miguel Paleólogo atento á todas las ocasiones de calumniar toda nuestra nacion, se valió de esta, para persuadir á su padre, diciendo: que si no se atajaba luego la insolencia de los Catalanes, sería la total perdicion del Imperio, y de su casa, porque no contentos con la paga y sueldos tan excesivos, y con los despojos riquísimos del Asia, oprimian los pueblos amigos para satisfacer su codicia; que no por haber vencido á los Turcos quedaba el Imperio libre de servidumbre, si se esperaba más insufrible, y cruel de los Catalanes, en cuya mano estaba puesta la libertad comun: que en vano la habia recuperado su abuelo Miguel Paleólogo, hechando á los Latinos del Imperio, si segunda vez se les habia de entregar voluntariamente: que esto estaba muy cerca de suceder si no se atajaba su insolencia: que les quedaban aún sus fuerzas á los Griegos si sus trazas saliesen vanas para que de cualquier manera se oprimiese á los Catalanes: que la obligacion en que le habian puesto con librar sus Provincias de los Turcos, ya su arrogancia y mala correspondencia lo habia borrado, y sus victorias merecian nombre de agravios, no de servicios, pues en vez de establecer sus armas en una segura paz el Imperio, hacian nueva guerra á los pueblos amigos con intolerables contribuciones, y malos tratamientos.
Andronico apretado de la persuasion del hijo, y de sus privados, que continuamente con quejas y sentimientos lloraban la miseria de los Griegos en tanto deshonor suyo, mostró luego contra los Catalanes el efecto de su pláticas, respondiendo á Roger, y á Berenguer que le pedian dinero para la guerra, que no les queria pagar hasta que hubiesen pasado á la Asia, y diesen principio á la guerra; lenguaje nunca antes usado de Andronico, que hasta entonces fué más largo en hacerles merced, y darles dinero, que solícitos ellos en pedirle. La respuesta de Andronico llegó á los oidos de los de Galípoli, y fué tan grande el alboroto y motin que causó en todo el campo, que forzaron á los Capitanes á tomar las armas para acometer los lugares del Imperio, y apoderarse de algunas fuerzas y presidios. En tanto que Andronico dilataba el darles satisfacion, mostraron gran sentimiento de sus dos Capitanes Roger y Berenguer, por parecerles que con su peligro y sangre se querian engrandecer, y que por no disgustar al Emperador de quien esperaban sus mayores acrecentamientos, no le apretaban como debieran, para que se les diese á ellos pagas tan bien merecidas. Estas sospechas llegaron á tanto, que resolvieron de enviar Embajadores al Emperador, pidiendo que les pagasen, y que continuarian su servicio con mucha fidelidad, castigando los excesos de los que se atreviesen á ofender y maltratar los pueblos amigos. Esta embajada tan cortés, dice Pachimerio que fué por el miedo que tuvieron del ejército de Miguel Paleólogo, que se habia juntado para reprimir su atrevimiento y osadía. Recibida del Emperador esta embajada, luego le pareció imposible el satisfacer por las grandes pagas que le pedian, pero por no llegar á rompimiento, y á una guerra declarada, les remitió á Berenguer de Entenza, para que por su medio se quietasen con darles parte del dinero que le pedian. Contentarónse por entónces con el dinero que se les dió, y con él se fueron á Galípoli donde ya habia llegado Roger con su mujer, suegra y cuñado, que quisieron acompañarle, y tambien, á lo que yo sospecho, por tener Roger cerca de sí á Irene su suegra y hermana del Emperador, como en rehenes, por si acaso contra él se quisiese proceder como rebelde, cuando el alboroto y motin pasára más adelante.
CAPITULO XXII.
Págase la gente de guerra por órden de Andronico con moneda corta, de donde nacieron nuevos alborotos.
Forzado Andronico, de la necesidad, con astucia y fraude Griega, mandó librar la moneda de plata que se dió á los Embajadores para hacer el pagamento, muy menoscabada, y falta en más del tercio de su antiguo valor, y quiso que la recibiesen los soldados como si fuera muy entera. Los capitanes poco advertidos del engaño, fácilmente se dejaron persuadir, y solicitados de los soldados que casi amotinados pedian sus pagas, tomaron el dinero, y le trajeron á Galípoli, donde se tomó muestra, y repartió con quejas y sentimientos; pero al fin con solo el nombre de que los pagaban, aunque conocieron la falta, se sosegaron. Diferentemente lo hicieron los Genoveses poco después, que concertados con el Emperador por cierta cantidad de dinero den envidiar su armada contra los Catalanes, pagándoles con esta misma moneda se la volvieron á enviar, y deshicieron la armada. Cuando los Aragoneses y Catalanes contentos con el dinero de las pagas quisieron pagar los huéspedes Griegos, y darles entera satisfacion, reusaron recibir la moneda al precio que se les daba, y como la comida y sustento necesario no sufre dilaciones, forzaban á los Griegos á que se las diesen, y recibiesen la moneda. Con esto se fueron alterando los Griegos, y los Catalanes á buscar la comida con las armas, con que todos los pueblos de aquella comarca quedaban desiertos. Andronico con infinitas quejas de los desórdenes y demasías de los soldados, se inclinó á seguir el parecer de su hijo, y poner remedio eficaz y violento á tantos daños. Pudiéranse atajar, si la diversidad de cabezas que habia en nuestro ejército, tuvieran entera autoridad con los súbditos, y ellos estuvieran unidos; porque siempre, que un Príncipe usa de trazas tan indignas de su obligacion, como fué dar á los Catalanes moneda tan falta por su antiguo precio, y no mandar con universal edicto que la recibiesen todos los súbditos de su Imperio al mismo precio, es dar ocasion cierta de venir á rompimiento el pueblo y la milicia. Tiénese por cierto que este medio fué trazado por entre ambos Emperadores Andronico y Miguel, para que los Catalanes maltratasen á los Griegos, y ellos ofendidos tomasen las armas para su venganza, con que les pareció que los Catalanes quedarian perdidos, y ellos libres de su obligacion. Salió bien la traza, porque los nuestros faltos de dinero, se entraban por las aldeas y pueblos grandes, y se hacian contribuir, y en hallando resistencia, con la acostumbrada licencia militar maltrataban de manos y de lengua á quien se les oponia. Nicephoro Autor Griego, como de la parte ofendida, cuenta largamente los excesos de aquella milicia, y muchos más Jorge Pachimerio, que dando lugar á su pasion, muerte con mayor malignidad; Pero Montaner niega que los Catalanes se mostrasen implacables y crueles con los Griegos; antes dice que les ayudaban y socorrian, porque con la furia de los Turcos, los fieles de las Provincias de la Asia, huyendo de tan cruel servidumbre, se recogian á Constantinopla, y perecian en los muladares de hambre y de miseria, sin que á los Griegos les moviese á lástima la desdicha de los que tenian por compañeros y amigos; y que los Catalanes con mucha liberalidad y largueza socorrian á muchos que padecían en este comun trabajo. El crédito que se debe dar á estos Historiadores el que leyese esta relacion puede facilmente ser juez, precediendo primero la noticia de sus caridades. Nicephoro y Pacimerio Griegos, y en muchas partes poco cuidadosos de escribir la verdad, ofendidos por comunes y particulares agravios de los nuestros, lejos de las ocasiones, Montaner español, testigo de vista de todos estos sucesos, y que la llaneza de su estilo, y del tiempo que escribió, parece que aseguran la verdad de los acontecimientos que refiere.