Ardia en los corazones de los Catalanes el deseo De vengar la muerte afrentosa de sus Embajadores, en los naturales y vecinos de Rodesto, donde tan inhumanamente fueron despedazados y muertos. Salieron á esta jornada hasta los niños, en quien fué mas poderosa la pasion de su venganza, que la flaqueza de su edad. Estaba esta Ciudad ribera del mar, sesenta millas de camino por tierra de Galípoli. Para llegar á ella forzosamente se habian de dejar los nuestros pueblos enemigos á las espaldas, y esta seguridad causó descuido en los vecinos de Rodesto, porque nunca creyeron que los Catalanes se aventurarian sin tener la retirada llana y sin peligro, pero estas dificultades fueran bastantes, si el agravio no las atropellará. Al amanecer escalaron las murallas, y la entraron sin hallar Resistencia ejecutando muertes con tanta crueldad, que por este hecho primeramente, y por los demas que fueron sucediendo, quedó entre los Griegos hasta nuestros dias por refran: la venganza de los Catalanes te alcance. Esta es la mayor Maldicion que entre ellos tienen ahora la ira y el aborrecimiento: tan viva se les representa siempre la memoria de aquel estrago. Dice Montaner encareciendo el desorden que hubo por nuestra parte, que los Capitanes y Caballeros no pudieron detener ni impedir las crueldades que los vencedores ejecutaron en los vencidos, porque perdido el temor de Dios y el respeto debido á sus Capitanes, y el de su misma naturalezas, despedazaban cuerpos inocentes, por la edad incapaces de culpa; hasta los animales quisieron entregar á la muerte, porque en el lugar no quedase cosa viva. De allí pasaron á Pacía ciudad vecina, y la ganaron con la misma facilidad, y trataron con el mismo rigor. Parecióles á nuestros Capitanes ocupar estos puestos, por que la gente iba creciendo, y era ya bastante para dividirse y acercarse á Constantinopla, cuya perdicion y ruina era el último fin de sus peligros y fatigas. A montaner dejaron en Galípoli solo con algunos marineros, con Almugavares, y treinta caballos.

CAPITULO XXXIX.

Fernan Jimenez de Arenós llega á Galípoli, entra á correr la tierra, y al retirarse derrota dos mil infantes, y ochocientos caballos del enemigo.

Fernan Jiménez de Arenós, uno de los mas principales Capitanes Aragoneses que vinieron con Roger en Grecia, por algunos disgustos, como dijimos arriba, se apartó de nuestra compañía. Con los pocos que le siguieron se fué al Duque de Athenas, donde se detuvo algun tiempo sirviendo en las guerras que el Duque tuvo con sus vecinos; que fueron muchas y varias; accidentes forzosos que padecen los estados pequeños que tienen por vecinos Príncipes poderosos. En todas ellas Fernan Jiménez ganó reputacion y ocupó lugar honroso, pero el peligro de sus amigos en su ánimo pudo tanto, que dejó sus acrecentamientos seguros y ciertos, por socorrerles con su persona. Habida licencia del Duque, con una galera, y en ella ochenta soldados viejos, llegó á Galípoli. Fué de todos recibido con notables muestras de agradecimiento. Diéronle muchos caballos y armas para poner su gente en órden, y con algunos amigos que le quisieron seguir juntó trescientos infantes, y sesenta caballos, y con ellos entró la tierra adentro. Después de haberse visto con los Capitanes que estaban en Rodesto, y Pacía, y comunicado con ellos su resolucion, caminó con su gente la vuelta de Constantinopla y pasado el rio, que los antiguos llamaron Batinia, saqueó y quemó muchos pueblos á vista de la Ciudad. Andronico de los muros miraba como se ardian las casas, y creyendo que todo nuestro campo era el que tenía delante, no quiso que saliese gente, antes la puso en guarda y seguridad de Constantinopla, repartida por sus muros esperando que nuestras espadas se habian de emplear aquel dia en su última ruina: recelos fueron estos de Andronico bien fundados y advertidos; porque el pueblo lleno de pavor, acostumbrado al ocio, no trataba de tomar las armas para su propia defensa. La gente de guerra mercenaria de Turcoples, y Alanos, ni por naturaleza ni por beneficio obligada al servicio de su Príncipe, rehusaba y temia los peligros, á mas de las sospechas del trato que tenian con nuestros Capitanes. Entre estos temores y desconfianzas andaba metido Andronico, cuando supo que Fernan Jiménez de Arenós con solos trescientos era el autor de tantos daños, y que Rocafort con el grueso del ejército andaba junto á Rodope. Entresaco Andronico de su caballería ochocientos, y con dos mil infantes, les mandó salir ó cargar á Fernan Jiménez que se retiraba con riquísima presa. Salieron con buen ánimo y resolucion, y pasando aquella noche el rio, ocupando un puesto aventajado, paso forzoso para los nuestros, se pusieron en emboscada. Descubrieronla luego los corredores de Fernan Jiménez, y como la retirada no podia ser por otra parte, hecho alto, dijo á los suyos: Ya veis amigos que el enemigo nos tiene cerrado el paso, y que solo puede allanarle nuestro valor. Lo que en esto se interesa, no es menos que la vida nuestra en el último peligro. Los contrarios que tenemos delante, son los mismos que habeis vencido tantas veces con mayor desigualdad. Su multitud solo ha servido siempre de aumentar nuestras victorias, tan segura la tenemos en esta como en las demas ocasiones pues se resuelven, según vemos, de aguardarnos y pelear. El puesto aventajado les dá confianza, olvidados de que nuestras espadas penetran defensas y reparos inexpugnables. Conozco esta gente vil que donde quiera les ha de alcanzar el rigor de nuestra justa venganza. Dicho esto hizo cerrar su infantería de almugavares, y el con sus pocos caballos envistió las tropas de la caballería enemiga. Peleóse valientemente, pero los dos mil infantes Griegos, acometidos de los trescientos Almugavares, fueron casi todos degollados con tanta presteza, que tuvieron lugar de socorrer á Fernan que andava peleando con la caballería, y fué tan importante su ayuda, que luego dejaron los enemigos el paso libre con pérdida de 690 caballos entre muertos y presos. Victoriosos y llenos de despojos pasaron adelante y llegaron á Pacía, donde Rocafort poco antes habia llegado de correr de Rodope.

CAPITULO XL.

Fernan Jimenez gana el Castillo y lugar de Modico.

Paréciale á Fernan Jiménez que para asegurar sus cosas, importaba tomar alguna plaza donde pudiese tener cuartel á parte del que tenia Rocafort, porque su condicion no daba lugar á que pudíesen vivir juntos. La nobleza de sangre de Fernan y su trato llevaban tras si á muchos de los que seguían á Rocafort, pero temiendo su ira como del mas poderoso, no osaban descubiertamente dejarle sin tener la seguridad de alguna plaza. Modico lugar del enemigo mas vecino, puesto á la parte del estrecho, al medio dia de Galípoli, fué lo que pareció intentar de ganarla por sorpresa; y como no les sucedió bien, pegados casi al lugar se fortificaron, y abrieron sus trincheras. Condenaban la resolucion de Fernan los bien entendidos del arte militar, porque con 200 infantes, y ochenta caballos que solos tenia, no se podria emprender cosa tan difícil como lo era ganar un pueblo, habiendo dentro setecientos hombres para tomar armas, pero la vileza de sus ánimos, y la constancia de los nuestros, hizo facil lo imposible. Cuando á una nacion le falta la industria y el valor, forzosamente ha de dar buenos sucesos al enemigo que la quisiere sujetar, porque ni el número de la gente, ni la defensa de las murallas, le sirve de reparo. Los miserables Griegos de este pueblo con ser 700, y los nuestros apenas trescientos, se encerraron dentro de sus murallas como si todo el campo de los Catalanes les sitiara, sin salir á pelear ni á deshacer lo que su enemigo trabajaba para su ruina. Fernan Jiménez levantó un trabuco, y con él batió algunos dias lo que parecia mas flaco, pero tiraba piedras de tan poco peso, que no hacia daño en sus murallas fuertes, y muy levantadas. Arrimabanse escalas algunas veces, y todo fué sin fruto. Montaner de Galípoli socorria con bastimentos y vituallas; solo los nuestros cuidaban de asegurarse dentro de sus fortificaciones, dando cuidado al enemigo, y rendirle á vivir mas descuidado. Con su asistencia y pertinacia alcanzaron al fin lo que pretendian, porque los Griegos después de largos siete meses de sitio, creció en ellos el desprecio de sus enemigos, y al mismo paso el descuido de guardarse. Las centinelas eran pocas, y esta no muy ordinarias. El primero de Julio celebraron los Griegos dentro de su pueblo con gran solemnidad una de sus fiestas, y como el mayor de sus deleites es el de el vino, vicio que en todas las edades infamó mucho esta nacion, bebiendo de manera, olvidados de que el enemigo estaba sobre sus murallas, y atento á las ocasiones de su daño, que unos bailando, otros á la sombra durmiendo, dejaron de guarnecer las murallas como solian. Fernan Jiménez desesperado ya de que Modico se le rindiese, y de tomarle, estaba dentro de su tienda dudoso de lo que habia de hacer, cuando las voces y algazara de los que bailaban le sacó de su tienda. Poco á poco se arrimó á las murallas, reconociéndolas sin gente, mandó que ciento de los suyos diesen una escalada, y él con lo restante acometeria la puerta. Pusose con diligencia increíble esta ejecucion en efecto. Los ciento arrimaron las escalas, y subieron hasta setenta de ellos sin ser sentidos, y ocuparon tres torreones. Los Griegos despertando de su sueño tan dan dañoso, tomaron las armas, incitados mas por la fuerza del vino que por su valor, y procuraron hechar de los torreones á los nuestros. En este combate ocupados todos, no acudieron á la puerta que Fernan habia acometido, y así sin tener quien la defendiese, la puso por el suelo, y entró á pié llano por el lugar, dando por las espaldas á los que combatian los torreones. Fuéronse retirando y defendiendo en las torres estrechas de las calles, y últimamente pusieron sus seguridad en la huida, y con ella dejaron libre el lugar y el castillo á Fernan, con la mayor parte de sus haciendas. Este fin tuvo el sitio de Modico, y la dichosa pertinacia de un Aragonés, en los ocho meses que duró este sitio. No hallo cosa notable de escribir de los nuestros que estaban en los demas presidios, solo ordinarias correrias la tierra á dentro para buscar el sustento forzoso.

CAPITULO XLI.

Dividense los nuestros en cuatro partes, Montaner rompe á George de
Cristopol.

Ganado el lugar, y castillo de Modico, Fernan Jiménez de Arenós le tomó por presidio y plaza suyas. Rocafort dividió su gente en Rodesto y Pacía, Montaner, escribano de racion, quedó gobernando en Galípoli, donde los bastimentos y armas de todo el campo se juntaban y prevenian. Si á los soldados de los demas presidios le faltaban armas, caballos y vestidos, acudian á Galípoli. Allí residian los mercaderes de todas naciones, los heridos, viejos, y otra gente inútil, que como lugar mas apartado del enemigo, se tenia por mas seguro. Con este modo de govierno se sustentaron los nuestros cinco años, sin que en todas aquellas comarcas se labrase campos ni viñas, cogiendo solamente lo que la tierra naturalmente producia. Esta manera de hacer la guerra los tiempos la han mudado y mejorado, porque el principal intento no es desolar y trocar en desiertos las campañas, sino conservarlas para el uso propio; porque ganarse una Provincia para destruirla, y totalmente impedir la cultivacion de sus campos, es lo mismo que no ganarla, y mas cuando de sus frutos necesariamente se han de valer si quisieren sustentarse en ella. Por no advertir estos inconvenientes los nuestros, y no moderarse en sus crueldades, que eran las que derrotaban de los pueblos los labradores, se vieron en tanta necesidad, que con estar llenos de victorias, la falta de los viveres les sacó de Thracia con mucho peligro y daño. Jorge de Cristopol, caballero rico y principal de Macedonia, venia de Salonique á Constantinopla á verse con el Emperador Andronico, con ochenta caballos. Tuvo noticia que Galípoli estaba con poca gente, y pareciendole que podria hacer algun buen lance, dejó su camino, y con buenas espias llegó cerca de Galípoli sin ser sentido, y encontróse luego con algunos carros y acémilas, habian salido á hacer leña. El que los llevaba á su cargo era Marco, soldado viejo en la cavallería. Viéndose acometido tan improbisamente dijo á la gente de á pié, que se retirasen entre las paredes de un molino, y él tomó la vuelta de Galípoli. La gente de Jorge sin detenerse en ganar el molino, fueron siguiendo al soldado, para que el aviso y ellos llegasen á un tiempo, pero como mas platico Marco en la tierra, dió el aviso primero á Montaner Capitan de Galípoli, con que todos tomaron las armas y se pusieron á la defensa de sus murallas, y con catorce cavallos, y algunos Almugavares Montaner salió á reconocer el enemigo, y entretenerle mientras la gente esparcida fuera del lugar tuviese tiempo de retirarse. Toparónse luego, y Montaner hecha una pequeña tropa de sus catorce cavallos, cerró con los ochenta, y peléo tan valientemente, que Jorge se retiró con pérdida de treinta y seis de los suyos muertos, ó presos. Fuéle Montaner siempre cargando, hasta que llegó al molino. Cobró las acemilas, y salvó la gente. Vuelto á Galípoli se pusieron en libertad los prisioneros, y repartieron la ganancia, á los hombres de armas veinte y ocho perbres de oro, catorce á los cavallos ligeros, y siete á los infantes.