Fueron entrando unos médicos a caballo en unas mulas, que con gualdrapas negras parecían tumbas con orejas. El paso era divertido, torpe y desigual, de manera que los dueños iban encima en mareta[349] y algunos vaivenes de serradores; la vista asquerosa de puro pasear los ojos por orinales y servicios; las bocas emboscadas en barbas, que apenas se las hallara un brazo; sayos con resabios de vaqueros[350]; guantes en infusión, doblados como los que curan[351]; sortijón[352] en el pulgar con piedra tan grande, que cuando toma el pulso pronostica al enfermo la losa. Eran éstos en gran número, y todos rodeados de platicantes[353], que cursan en lacayos, y, tratando más con las mulas que con los doctores, se gradúan de médicos. Yo, viéndolos, dije:
—Si déstos se hacen estos otros, no es mucho que estos otros nos deshagan a nosotros.
Alrededor venía gran chusma y caterva de boticarios con espátulas desenvainadas y jeringas en ristre, armados de cala[354] en parche, como de punta en blanco. Los medicamentos que éstos venden, aunque estén caducando en las redomas de puro añejos, y los socrocios[355] tengan telarañas, los dan, y así son medicinas redomadas[356] las suyas. El clamor del que muere empieza en el almirez del boticario, va al pasacalles[357] del barbero, paséase por el tableteado[358] de los guantes del dotor, y acábase en las campanas de la iglesia. No hay gente más fiera que estos boticarios. Son armeros de los dotores: ellos les dan armas. No hay cosa suya que no tenga achaques de guerra y que no aluda a armas ofensivas. Jarabes que antes les sobran letras para jara[359], que les falten. Botes[360] se dicen los de pica; espátulas son espadas en su lengua; píldoras son balas; clísteres y melecinas, cañones; y así se llaman cañón de melecina. Y bien mirado, si así se toca la tecla de las purgas, sus tiendas son purgatorios, y ellos los infiernos, los enfermos los condenados[361], y los médicos los diablos. Y es cierto que son diablos los médicos, pues unos y otros andan tras los malos y huyen de los buenos, y todo su fin es que los buenos sean malos y que los malos no sean buenos jamás.
Venían todos vestidos de recetas y coronados de erres[362] asaeteadas, con que empiezan las recetas. Y consideré que los dotores hablan a los boticarios diciendo: Recipe, que quiere decir recibe. De la misma suerte habla la mala madre a la hija, y la codicia al mal ministro. ¡Pues decir que en la receta hay otra cosa que erres asaeteadas por delincuentes, y luego Ana, Ana,[363] que juntas hacen un Annás para condenar a un justo! Síguense uncias y más onzas:[364] ¡qué alivio para desollar un cordero enfermo! Y luego ensartan nombres de simples, que parecen invocaciones de demonios: Buphthálmus,[365] opopánax, leontopétalon, tragoríganum, potamogéton senos pugillos, diacathalicon, petroselinum, scilla y rapa. Y sabido qué quiere decir tan espantosa baraúnda de voces tan rellenas de letrones, son zanahoria, rábanos y perejil y otras suciedades. Y como han oído decir que quien no te conoce te compre,[366] disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos. Elingatis[367] dicen lo que es lamer, catapotia las píldoras, clyster la melecina, glans o balanus la cala, y errhinae el moquear. Y son tales los nombres de sus recetas y tales sus medicinas, que las más veces, de asco de sus porquerías y hediondeces con que persiguen a los enfermos, se huyen las enfermedades.
¿Qué dolor habrá de tan mal gusto, que no se huya de los tuétanos por no aguardar el emplasto de Guillén Serven[368] y verse convertir en baúl una pierna o muslo donde él está? Cuando vi a éstos y a los dotores, entendí cuan mal se dice para notar diferencia aquel asqueroso refrán: “Mucho va del c... al pulso”;[369] que antes no va nada, y sólo van los médicos, pues inmediatamente desde él van al servicio y al orinal a preguntar a los meados lo que no saben, porque Galeno los remitió a la cámara y a la orina. Y como si el orinal les hablase al oído, se le llegan a la oreja, avahándose[370] los barbones con su niebla. ¿Pues verles hacer que se entienden con la cámara por señas, y tomar su parecer al bacín, y su dicho a la hedentina[371]? No les esperara un diablo. ¡Oh malditos pesquisidores contra la vida, pues ahorcan con el garrotillo, degüellan con sangrías, azotan con ventosas, destierran las almas, pues las sacan de la tierra de sus cuerpos sin alma y sin conciencia!
Luego se seguían los cirujanos cargados de pinzas, tientas[372], cauterios, tijeras, navajas, sierras, limas, tenazas y lancetones. Entre ellos se oía una voz muy dolorosa a mis oídos, que decía:
—Corta, arranca, abre, asierra, despedaza, pica, punza, ajigota[373], rebana, descarna y abrasa.
Dióme gran temor, y más verlos el paloteado que hacían con los cauterios y tientas. Unos huesos se me querían entrar de miedo dentro de otros. Híceme un ovillo.
En tanto vinieron unos demonios con unas cadenas de muelas y dientes, haciendo bragueros, y en esto conocí que eran sacamuelas, el oficio más maldito del mundo, pues no sirven sino de despoblar bocas y adelantar la vejez. Éstos, con las muelas ajenas y no ver diente, que no quieran ver antes en su collar que en las quijadas, desconfían[374] a las gentes de Santa Polonia, levantan testimonios a las encías y desempiedran las bocas. No he tenido peor rato que tuve en ver sus gatillos[375] andar tras los dientes ajenos, como si fueran ratones, y pedir dineros por sacar una muela, como si la pusieran.