DISCURSO

Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la desesperación cobarde y la tristeza, esperando coger a solas a un desdichado para mostrarse alentados con él. Propia condición de cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su vileza. Por bien que lo tengo considerado en otros, me sucedió en mi prisión. Pues habiendo, o por acariciar mi sentimiento o por hacer lisonja a mi melancolía, leído aquellos versos que Lucrecio escribió con tan animosas palabras[344], me vencí de la imaginación, y debajo del peso de tan ponderadas palabras y razones me dejé caer tan postrado con el dolor del desengaño que leí, que ni sé si me desmayé advertido o escandalizado. Para que la confesión de mi flaqueza se pueda disculpar, escribo por introducción a mi discurso la voz del poeta divino, que suena ansí, rigurosa con amenazas tan elegantes:

Denique si vocem rerum natura repente
Mittat et hoc alicui nostrum sic increpet ipsa:
Quid tibi tantopere est, mortalis, quod nimis aegris
Luctibus indulges? Quid mortem congemis ac fles?
Nam si grata fuit tibi vita anteacta, priorque,
Et non omnia pertusum congesta quasi in vas
Commoda perfluxere atque ingrata interiere:
Cur non, ut plenus vitae, conviva, recedis?
Aequo animoque capis securam, stulte, quietem?

Entróseme luego por la memoria de rondón Job dando voces y diciendo:

Al fin, hombre nacido[345]
De mujer flaca, de miserias lleno,
A breve vida como flor traído,
De todo bien y de descanso ajeno,
Que, como sombra vana,
Huye a la tarde y nace a la mañana.

Con este conocimiento propio acompañaba luego el de la vida, que hicimos, diciendo:

Guerra es la vida del hombre[346]
Mientras vive en este suelo,
Y sus horas y sus días,
Como las del jornalero.

Yo, que arrebatado de la consideración, me vi a los pies de los desengaños, rendido, con lastimoso sentimiento y con celo enojado, repetí a éstos en la fantasía:

¡Qué perezosos pies, qué entretenidos[347]
Pasos lleva la muerte por mis daños!
El camino me alargan los engaños
Y en mí se escandalizan los perdidos.
Mis ojos no se dan por entendidos,
Y, por descaminar mis desengaños,
Me disimulan la verdad los años
Y les guardan el sueño a los sentidos.
Del vientre a la prisión vine en naciendo,
De la prisión iré al sepulcro amando,
Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo:
Cuantos plazos la muerte me va dando,
Prolijidades son, que va creciendo,
Porque no acabe de morir penando.

Entre estas demandas y respuestas, fatigado y combatido (sospecho que fué cortesía del sueño piadoso, más que de natural), me quedé dormido. Luego que desembarazada el alma se vió ociosa sin la tarea de los sentidos[348] exteriores, me embistió desta manera la comedia siguiente, y así la recitaron mis potencias a escuras, siendo yo para mis fantasías auditorio y teatro.