—Aquí has de parar, que hemos llegado a mi tribunal y audiencia.
Aquí estaban las paredes colgadas de pésames. A un lado estaban las malas nuevas, ciertas y creídas y no esperadas; el llanto, en las mujeres engañoso, engañado en los amantes, perdido de los necios y desacreditado en los pobres. El dolor se había desconsolado y creído, y solos los cuidados estaban solícitos y vigilantes, hechos carcomas de reyes y príncipes, alimentándose de los soberbios y ambiciosos. Estaba la envidia con hábito de viuda, tan parecida a dueña, que la quise llamar Álvarez o González. En ayunas de todas las cosas, cebada en sí misma, magra y exprimida. Los dientes, con andar siempre mordiendo de lo mejor y de lo bueno, los tenía amarillos y gastados. Y es la causa que lo bueno y santo, para morderlo, no llega a los dientes; mas nada bueno le puede entrar de los dientes adentro[403]. La discordia estaba debajo della, como que nacía de su vientre, y creo que es su hija legítima. Ésta, huyendo de los casados, que siempre andan a voces, se había ido a las comunidades y colegios, y, viendo que sobraba en ambas partes, se fué a los palacios y cortes, donde es lugarteniente de los diablos. La ingratitud estaba en un gran horno, haciendo de una masa de soberbia y odio demonios nuevos cada momento. Holguéme de verla, porque siempre había sospechado que los ingratos eran diablos y caí entonces en que los ángeles, para ser diablos, fueron primero ingratos. Andaba todo hirviendo de maldiciones.
—¿Quién diablos—dije yo—está lloviendo maldiciones aquí?
Díjome un muerto que estaba a mi lado:
—¿Maldiciones queréis que falten donde hay casamenteros y sastres, que son la gente más maldita del mundo, pues todos decís: “Mal haya quien me casó”, “Mal haya quien con vos me juntó”, y los más, “Mal haya quien me vistió”?
—¿Qué tiene que ver—dije yo—sastres y casamenteros en la audiencia de la muerte?
—¡Pesia tal!—dijo el muerto, que era impaciente—. ¿Estáis loco? Que, si no hubiera casamenteros, ¿hubiera la mitad de los muertos y desesperados? ¡A mí me lo decid, que soy marido! Cinco, como bolo[404], y se me quedó allá la mujer y piensa acompañarme otros diez[405]. Pues sastres, ¿a quién no matarán las mentiras y largas de los sastres y hurtos? Y son tales, que para llamar a la desdicha peor nombre, la llaman desastre, del sastre, y es el principal miembro de este tribunal que aquí veis.
Alcé los ojos y vi la Muerte en su trono, y a los lados, muchas muertes. Estaba la muerte de amores, la muerte de frío, la muerte de hambre, la muerte de miedo y la muerte de risa, todas con diferentes insignias. La muerte de amores estaba con muy poquito seso[406]. Tenía, por estar acompañada, porque no se le corrompiese por la antigüedad, a Píramo y Tisbe[407], embalsamados, y a Leandro y Hero y a Macías, en cecina, y algunos portugueses derretidos. Mucha gente vi que estaba ya para acabar debajo de su guadaña, y, a puros milagros del interés, resucitaban.
En la muerte de frío vi a todos los ricos, que, como no tienen mujer ni hijos ni sobrinos[408] que los quieran, sino a sus haciendas, estando malos, cada uno carga en lo que puede y mueren de frío.