—Vivos de Satanás, ¿qué me queréis, que no me dejáis muerto y consumido? ¿Qué os he hecho que, sin tener parte en nada, me disfamáis en todo y me echáis la culpa de lo que no sé?
—¿Quién eres—le dije con una cortesía temerosa—que no te entiendo?
—Soy yo—dijo—el malaventurado Juan de la Encina[410], el que, habiendo muchos años que estoy aquí, toda la vida andáis, en haciéndose un disparate, o en diciéndole vosotros, diciendo: “No hiciera más Juan de la Encina; daca los disparates de Juan de la Encina”. Habéis de saber que para hacer y decir disparates, todos los hombres sois Juan de la Encina, y que este apellido de Encina es muy largo en cuanto a disparates. Pero pregunto si yo hice los testamentos en que dejáis que otros hagan por vuestra alma lo que no habéis querido hacer. ¿He porfiado con los poderosos? ¿Teñíme la barba por no parecer viejo? ¿Fuí viejo, sucio y mentiroso? ¿Llamé favor el pedirme lo que tenía? ¿Enamoréme con mi dinero y el quitarme lo que tenía? ¿Entendí yo que sería bueno para mí el que a mi intercesión fué ruin con otro que se fió dél? ¿Gasté yo la vida en pretender con qué vivir, y, cuando tuve con qué, no tuve vida que vivir? ¿Creí las sumisiones del que me hubo menester? ¿Caséme por vengarme de mi amiga? ¿Fuí yo tan miserable que gastase un real segoviano en buscar un cuarto incierto? ¿Pudríme[411] de que otro fuese rico o medrase? ¿He creído las apariencias de la fortuna? ¿Tuve yo por dichosos a los que al lado de los príncipes dan toda la vida por una hora? ¿Heme preciado de hereje y de malreglado en todo y peor contento, porque me tengan por entendido? ¿Fuí desvergonzado por campear de valiente? Pues si Juan de la Encina no ha hecho nada desto, ¿qué necedades hizo este pobre Juan de la Encina? Pues en cuanto a decir necedades, sacadme un ojo[412] con una. Ladrones, que llamáis disparates los míos y parates[413] los vuestros, pregunto yo: ¿Juan de la Encina fué acaso el que dijo: “Haz bien y no cates a quién[414]”, habiendo de ser al contrario: “Si hicieres bien, mira a quién”? ¿Fué Juan de la Encina quien, para decir que uno era malo, dijo: “Es hombre que ni teme ni debe”[415], habiendo de decir que ni teme ni paga? Pues es cierto que la mejor señal de ser bueno es ni temer ni deber, y la mayor de la maldad, ni temer ni pagar. ¿Dijo Juan de la Encina: “De los pescados, el mero; de las carnes, el carnero[416]; de las aves, la perdiz, de las damas, la Beatriz”? No lo dijo, porque él no dijera sino: “De las carnes, la mujer; de los pescados[417], el carnero; de las aves, el Ave María, y después la presentada[418]; de las damas, la más barata”. Mirad si es desbaratado Juan de la Encina: no prestó sino paciencia, no dió sino pesadumbres; él no gastaba con los hombres que piden dinero ni con las mujeres que piden matrimonio. ¿Qué necedades pudo hacer Juan de la Encina, desnudo por no tratar con sastres, que se dejó quitar de la hacienda por no haber menester letrados, que se murió antes de enfermo que de curado, para ahorrarse el médico? Sólo un disparate hizo, que fué, siendo calvo, quitar a nadie el sombrero, pues fuera menos mal ser descortés que calvo, y fuera mejor que le mataran a palos porque no se quitaba el sombrero, que no a apodos porque era calvario[419]. Y si por hacer una necedad anda Juan de la Encina por todos esos púlpitos y cátedras, con votos, gobiernos y estados, enhoramala para ellos, que todo el mundo es monte[420] y todos son Encinas.
En esto estábamos, cuando, muy estirado y con gran ceño, emparejó[421] otro muerto conmigo, y dijo:
—Volved acá la cara; no penséis que habláis con Juan de la Encina.
—¿Quién es vuesamerced—dije yo—, que con tanto imperio habla, y donde todos son iguales presume diferencia?
—Yo soy—dijo—el Rey que rabió[422]. Y si no me conocéis, por lo menos no podéis dejar de acordaros de mí, porque sois los vivos tan endiablados, que a todo decís que se acuerda del Rey que rabió, y, en habiendo un paredón viejo, un muro caído, una gorra calva, un ferreruelo lampiño, un trabajazo rancio, un vestido caduco, una mujer manida de años y rellena de siglos, luego decís que se acuerda del Rey que rabió. No ha habido tan desdichado rey en el mundo, pues no se acuerdan dél sino vejeces y harapos, antigüedades y visiones[423]. Y ni ha habido rey de tan mala memoria ni tan asquerosa ni tan carroña[424] ni tan caduca, carcomida y apolillada. Han dado en decir que rabié, y juro a Dios que mienten; sino que han dado todos en decir que rabié, y no tiene ya remedio. Y no soy yo el primero rey que rabió ni el solo, que no hay rey, ni le ha habido, ni le habrá, a quien no levanten que rabia. Ni sé yo cómo pueden dejar de rabiar todos los reyes. Porque andan siempre mordidos por las orejas de envidiosos y aduladores que rabian.
Otro, que estaba al lado del Rey que rabió, dijo:
—Vuesa merced se consuele conmigo, que soy el rey Perico[425], y no me dejan descansar de día ni de noche. No hay cosa sucia, ni desaliñada, ni pobre, ni antigua, ni mala, que no digan que fué en tiempo del rey Perico. Mi tiempo fué mejor que ellos pueden pensar. Y para ver quién fuí yo y mi tiempo y quién son ellos, no es menester más que oíllos, porque en diciendo a una doncella; ahora la madre: “Hija, las mujeres, bajar[426] los ojos y mirar a la tierra, y no a los hombres”, responden: “Eso fué en tiempo del rey Perico; los hombres han de mirar a la tierra, pues fueron hechos della, y las mujeres al hombre, pues fueron hechas dél”. Si un padre dice a su hijo: “No jures, no juegues, reza las oraciones cada mañana, persígnate en levantándote, echa la bendición a la mesa”, dice que: “Eso se usaba en tiempo del rey Perico”. Ahora le tendrán por un maricón si sabe[427] persignarse, y se reirán dél si no jura y blasfema. Porque en nuestros tiempos más tienen por hombre al que jura que al que tiene barbas.
Al que acabó de decir esto se llegó un muertecillo muy agudo, y sin hacer cortesía, dijo: