—Este año esperaba yo.
—¿Quién eres—dije—, que, parido de una redoma, hablas y vives?
—¿No me conoces?—dijo—. La redoma y las tajadas, ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico de Europa[434]? ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de una redoma para ser inmortal[435]?
—Toda mi vida lo he oído decir—le respondí—; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre dijes[436] y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a sospechar fué que eras algún alquimista, que penabas en esa redoma, o algún boticario. Todos mis temores doy por bien empleados por haberte visto.
—Sábete—dijo—que[437] mi nombre no fué del título que me da la ignorancia, aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los doctos[438].
—Sí, me acuerdo—dije yo—. Oído he decir que estás enterrado[439] en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.
—Ya que has venido aquí—dijo—, desatapa esa redoma.
Yo empecé a hacer fuerza y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era hecha, y díjome: