—Espera. Dime primero[440]: ¿hay mucho dinero en España? ¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito? ¿Qué valor?

Respondíle:

—No han descaecido las flotas de las Indias, aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas[441] desde España al cerro del Potosí, con que se van restañando las venas y a chupones se empezaron a secar las minas.

—¿Ginoveses[442] andan a la zacapela[443] con el dinero?—dijo él—. Vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con gatos[444]. Y vese que son lamparones porque sólo el dinero que va a Francia[445] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo, andando esos usagres de bolsas[446] por las calles? No digo yo hecho jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes que verlos hechos dueños de todo.

—Señor nigromántico—repliqué yo—, aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo caudal, úntanse de señores y enferman de príncipes. Y con esto y los gastos y empréstidos[447] se apolilla la mercancía y se viene todo a repartir en deudas y locuras. Y ordena el demonio que las putas vendan las rentas reales dellos, porque los engañan, los enferman, los enamoran, los roban, y después los hereda el consejo de Hacienda. La verdad adelgaza y no quiebra[448]; en esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y quiebran.

—Animádome has—dijo—con eso. Dispondréme a salir desta vasija—como primero me digas en qué estado está la honra en el mundo.

—Mucho hay que decir en esto—le respondí yo—. Tocado has una tecla del diablo. Todos tienen honra, y todos son honrados, y todos lo hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estadios debajo tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado[449] antes se ha de dejar morir entre dos paredes, que sujetarse a nadie; y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la cuenta, y llaman honra a la comodidad y con presumir de honrados y no serlo se ríen del mundo.

—El diablo puede salir a vivir en ese mundecillo—dijo él[450]—. Considérome yo a los hombres con unas honras títeres, que chillan, bullen y saltan, que parecen honras, y mirado bien son andrajos y palillos[451]. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El embuste y la trapaza, caballería? ¿Y la insolencia, donaire? Honrados eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos[452] a los extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España ni el vino se queja de malbebido ni los hombres mueren de sed. En mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora parece que se sube hacia arriba[453]. Pues los maridos, porque tratamos de honras, considero yo que andarán hechos buhoneros[454] de sus mujeres, alabando cada uno a sus agujas. Hay maridos calzadores, que los meten para calzarse la mujer con más descanso y sacarlos fuera ellos. Hay maridos linternas, muy compuestos, muy lucidos, muy bravos, que vistos de noche a escuras parecen estrellas, y llegados cerca son candelilla, cuerno y hierro, rata por cantidad. Otros maridos hay jeringas, que apartados atraen, y llegando se apartan. Pues la cosa más digna de risa es la honra de las mujeres, cuando piden su honra, que es pedir lo que dan. Y si creemos a la gente y a los refranes que dicen: “Lo que arrastra honra[455]”, la honra del marido son las culebras y las faldas. No estoy dos dedos[456] de volverme jigote, dijo el nigromántico, para siempre jamás: no sé qué me sospecho. Dime, ¿hay letrados?

—Hay plaga de letrados—dije yo—. No hay otra cosa sino letrados. Porque unos lo son por oficio, otros lo son por presunción, otros por estudio, y déstos pocos, y otros (éstos son los más) son letrados porque tratan con otros más ignorantes que ellos (en esta materia hablaré como apasionado), y todos se gradúan de dotores y bachilleres, licenciados y maestros, más por los mentecatos con quien tratan que por las universidades, y valiera más a España langosta perpetua que licenciados al quitar[457].

—Por ninguna cosa saldré de aquí—dijo el nigromántico—. ¿Eso pasa? Ya yo[458] los temía, y por las estrellas alcancé esa desventura, y por no ver los tiempos que han pasado embutidos de letrados me avecindé en esta redoma, y por no los ver me quedaré hecho pastel en bote.