Repliqué:
—En los tiempos pasados, que la justicia estaba más sana, tenía menos dotores, y hala[459] sucedido lo que a los enfermos, que cuantas más juntas de dotores se hacen sobre él, más peligro muestra y peor le va, sana menos y gasta más. La justicia, por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada como especias. Un Fuero-Juzgo con su maguer y su cuemo[460], y conusco y faciamus era todas las librerías. Y aunque son voces antiguas, suenan con mayor propiedad, pues llaman sayón al alguacil y otras cosas semejantes. Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios, Surdos y Fabros, Farinacios y Cujacios[461], consejos y decisiones y responsiones y lecciones y meditaciones. Y cada día salen autores, y cada uno con tres volúmenes: Doctoris Putei[462], 1. 6, vol. 1, 2, 3, 4, 5, 6 hasta 15; Licenciati Abbatis De Usuris; Petri Cusqui In Codicem; Rupis, Brutiparcin, Castani; Montocanense De Adulterio et Parricidio; Cornazano, Rocabruno, etc.[463] Los letrados todos tienen un cimenterio por librería, y por ostentación andan diciendo: “Tengo tantos cuerpos”. Y es cosa brava que las librerías de los letrados todas son cuerpos sin alma, quizá por imitar a sus amos.
No hay cosa en que no nos dejen tener razón; sólo lo que no dejan tener a las partes es el dinero, que le quieren ellos para sí. Y los pleitos no son sobre si lo que deben a uno se lo han de pagar a él, que eso no tiene necesidad de preguntas y respuestas; los pleitos son sobre que el dinero sea de letrados y del procurador sin justicia, y la justicia sin dinero de las partes. ¿Queréis ver qué tan[464] malos son los letrados? Que si no hubiera letrados, no hubiera porfías; y si no hubiera porfías, no hubiera pleitos; y si no hubiera pleitos, no hubiera procuradores; y si no hubiera procuradores, no hubiera enredos; y si no hubiera enredos, no hubiera delitos; y si no hubiera delitos, no hubiera alguaciles; y si no hubiera alguaciles, no hubiera cárcel; y si no hubiera cárcel, no hubiera jueces; y si no hubiera jueces, no hubiera pasión; y si no hubiera pasión, no hubiera cohecho. Mirad la retahila de infernales sabandijas que se produce de un licenciadito, lo que disimula una barbaza y lo que autoriza una gorra. Llegaréis a pedir un parecer, y os dirán:
—Negocio es de estudio. Diga vuesamerced que ya estoy al cabo. Habla la ley en propios términos.
Toman un quintal de libros, danle dos bofetadas hacia arriba y hacia abajo, y leen de priesa[465], arremedando un abejón; luego dan un gran golpe con el libro patas arriba sobre una mesa, muy esparrancado[466] de capítulos, y dicen:
—En el propio caso habla el jurisconsulto. Vuesamerced me deje los papeles, que me quiero poner bien en el hecho del negocio, y téngalo por más que bueno, y vuélvase por acá mañana en la noche. Porque estoy escribiendo sobre la tenuta[467] de Trasbarras; mas por servir a vuesamerced lo dejaré todo.
Y cuando al despediros le queréis pagar, que es para ellos la verdadera luz y entendimiento del negocio que han de resolver, dice, haciendo grandes cortesías y acompañamientos: