—¡Jesús, señor!
Y entre Jesús y señor alarga la mano, y para gastos de pareceres se emboca un doblón.
—No he de salir de aquí—dijo el nigromántico—hasta que los pleitos se determinen a garrotazos. Que en el tiempo que por falta de letrados se determinaban las causas a cuchilladas, decían que el palo era alcalde[468], y de ahí vino: Júzguelo el alcalde de palo. Y si he de salir, ha de ser sólo a dar arbitrio a los reyes del mundo; que quien quisiere estar en paz y rico, que pague los letrados a su enemigo para que lo embelequen[469] y roben y consuman. Dime, ¿hay todavía Venecia en el mundo?
—Sí la hay—dije yo—: no hay otra cosa sino Venecia y venecianos.
—¡Oh! doyla al diablo—dijo el nigromántico—por vengarme del mismo diablo, que no sé que pueda darla a nadie, sino por hacerle mal. Es república ésa que, mientras que no tuviere conciencia, durará. Porque si restituye lo ajeno, no le queda nada. ¡Linda gente! La ciudad fundada en el agua; el tesoro y la libertad, en el aire; la deshonestidad, en el fuego.
Y, al fin, es gente de quien huyó la tierra y son narices de las naciones y el albañal de las monarquías, por donde purgan las inmundicias de la paz y de la guerra. Y el turco los permite por hacer mal a los cristianos; los cristianos, por hacer mal a los turcos, y ellos, por poder hacer mal a unos y a otros, no son moros ni cristianos. Y así dijo uno dellos mismos en una ocasión de guerra, para animar a los suyos contra los cristianos:
—Ea, que antes fuisteis venecianos que cristianos.
—Dejemos eso, y dime: ¿hay muchos golosos de valimientos de los hombres del mundo?
—Enfermedad es—dije yo—ésa de que todos los reinos son hospitales.