—Oíd acá, y pues habéis venido por estafeta de los muertos a los vivos, cuando vais[501] allá decidles que me tienen muy enfadado todos juntos.
—¿Quién eres?—le pregunté.
—Soy—dijo—Calaínos.
—¿Calaínos eres?—dije—. No sé cómo no estás desainado, porque eternamente dicen: “Cabalgaba Calaínos[502]”.
—¿Saben ellos mis cuentos? Mis cuentos fueron muy buenos y muy verdaderos. Y no se metan en cuentos conmigo.
—Mucha razón tiene el señor Calaínos—dijo otro que se allegó—. Y él y yo estamos muy agraviados. Yo soy Cantimpalos. Y no hacen sino decir: “El ánsar de Cantimpalos[503], que salía al lobo al camino”. Y es menester que les digáis que me han hecho de asno ánsar, y que era asno el que yo tenía, y no ánsar, y los ánsares no tienen que ver con los lobos, y que me restituyan a mi asno en el refrán y que me le restituyan luego y tomen su ánsar: justicia con costas, y para ello, etc.
Con su báculo venía una vieja o espantajo, diciendo:
—¿Quién está allá a las sepulturas?
Con una cara hecha de un orejón[504], los ojos en dos cuévanos de vendimiar, la frente con tantas rayas y de tal color y hechura que parecía planta de pie; la nariz, en conversación con la barbilla, que casi juntándose hacían garra, y una cara de la impresión del grifo; la boca, a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea[505], sin diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo jimio, y apuntándole ya el bozo de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza, con temblor de sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el monjil negro; esmaltada de mortaja la tumba, con un rosario muy grande colgando, y ella corva, que parecía, con las muertecillas que colgaban dél, que venía pescando calaverillas chicas. Yo, que vi semejante abreviación del otro mundo, dije a grandes voces, pensando que sería sorda: