Muy angosto, muy a teja vana, las carnes de venado, en un cendal, con unas mangas por gregüescos y una esclavina por capa y un soportal por sombrero, amarrado a una espada, se llegó a mí un rebozado y llamóme en la seña de los sombrereros.
—Ce, ce—me dijo.
Yo le respondí luego. Llegúeme a él y entendí que era algún muerto envergonzante[519]. Pregúntele quién era.
—Yo soy el malcosido y peor sustentado don Diego de Noche[520].
—Más precio haberte visto—dije yo—que a cuanto tengo. ¡Oh, estómago aventurero! ¡Oh, gaznate de rapiña! ¡Oh, panza al trote! ¡Oh, susto de los banquetes! ¡Oh, mosca de los platos! ¡Oh, sacabocados de los señores! ¡Oh, tarasca de los convites y cáncer de las ollas! ¡Oh, sabañón de las cenas! ¡Oh, sarna de los almuerzos! ¡Oh, sarpullido del mediodía! No hay otra cosa en el mundo sino cofrades, discípulos y hijos tuyos.
—Sea por amor de Dios—dijo don Diego de Noche—, que esto me faltaba por oir; mas, en pago de mi paciencia, os ruego que os lastiméis de mí, pues en vida siempre andaba cerniendo las carnes el invierno por las picaduras del verano, sin poder hartar estas asentaderas de gregüescos; el jubón en pelo sobre las carnes, el más tiempo en ayunas de camisa, siempre dándome por entendido de las mesas ajenas; esforzando, con pistos de cerote y ramplones[521], desmayos de calzado; animando a las medias a puras sustancias de hilo y aguja. Y llegué a estado en que, viéndome calzado de geomancía[522], porque todas las calzas eran puntos, cansado de andar restañando el ventanaje[523], me entinté la pierna y dejé correr. No se vió jamás socorrido de pañizuelos mi catarro, que, afilando el brazo por las narices, me pavonaba de romadizo. Y si acaso alcanzaba algún pañizuelo, porque no le viesen al sonarme, me rebozaba, y, haciendo el coco[524] con la capa, tapando el rostro, me sonaba a escuras. En el vestir he parecido árbol, que en el verano me he abrigado y vestido y en el invierno he andado desnudo.
No me han prestado cosa que haya vuelto: hasta espadas, que dicen que no hay ninguna sin vuelta[525], si todos me las prestasen, todas serían sin vuelta. Y con no haber dicho verdad en toda mi vida y aborrecídola, decían todos que mi persona era buena para verdad desnuda y amarga. En abriendo yo la boca, lo mejor que se podía esperar era un bostezo o un parasismo, porque todos esperaban el: déme vuesa merced, présteme hágame merced, y así estaban armados de respuestas. Y en despegando los labios, de tropel se oía: No hay qué dar, Dios le provea, cierto que no tengo, yo me holgara, no hay un cuarto.
Y fuí tan desdichado, que a tres cosas siempre llegué tarde. A pedir prestado llegué siempre dos horas después, y siempre me pagaban con decir:
—Si llegara vuesamerced dos horas antes, se le prestara ese dinero.