A ver los lugares llegué dos años después, y en alabando cualquier lugar, me decían:

—Ahora no vale nada; ¡si vuesamerced lo viera dos años ha!

A conocer y alabar las mujeres hermosas llegué siempre tres años después, y me decían:

—Tres años atrás me había vuesamerced de ver, que vertía sangre por las mejillas.

Según esto, fuera harto mejor que me llamaran don Diego Después, que no don Diego de Noche. Decir que después de muerto descanso, aquí estoy y no me harto de muerte: los gusanos se mueren de hambre conmigo y yo me como a los gusanos de hambre, y los muertos andan siempre huyendo de mí, porque no les pegue el don o les hurte los huesos o les pida prestado. Y los diablos se recatan de mí, porque no me meta de gorra a calentarme y ando por estos rincones introducido en telaraña. Hartos don Diegos hay allá, de quien pueden echar mano.

Déjenme con mi trabajo, que no viene muerto que luego no pregunte por don Diego de Noche. Y diles a todos los dones[526] a teja vana, caballeros chirles, hacia-hidalgos y casi-dones, que hagan bien por mí. Que estoy penando en una bigotera de fuego, porque, siendo gentilhombre mendicante, caminaba con horma y bigotera[527] a un lado y molde para el cuello y la bula en el otro. Y esto y sacar mi sombra[528] llamaba yo mudar mi casa.

Desapareció aquel caballero visión, y dió gana de comer a los muertos, cuando llegó a mí, con la mayor prisa que se ha visto, un hombre alto y flaco, menudo de facciones, de hechura de cerbatana, y, sin dejarme descansar, me dijo:

—Hermano, dejadlo todo presto, luego, que os aguardan los muertos, que no pueden venir acá, y habéis de ir al instante a oírlos y hacer lo que os mandaren sin replicar y sin dilación luego.

Enfadóme la prisa del diablo del muerto, que no vi hombre más súpito[529], y dije: