—Allá va Marta con sus pollos[545].
—Válate el diablo, ¿y acá estás? ¿Para quién crías esos pollos?—dije yo.
—Yo me lo sé—dijo ella—: criólos para comérmelos, pues siempre decís: “Muera Marta y muera harta[546]”. Y decildes a los del mundo que quién canta bien después de hambriento y que no digan necedades, que es cosa sabida que no hay tono como el del ahíto[547]. Decildes que me dejen con mis pollos a mí y que repartan esos refranes entre otras Martas, que cantan después de hartas[548]. Que harto embarazada estoy yo acá con mis pollos, sin que ande inquieta en vuestro refrán[549].
¡Oh, qué voces y gritos se oían por toda aquella sima! Unos corrían a una parte y otros a otra, y todo se turbó en un instante. Yo no sabía dónde me esconder. Oíanse grandísimas voces que decían:
—Yo no te quiero, nadie te quiere.
Y todos decían esto. Cuando yo oí aquellos gritos, dije:
—Sin duda, es éste algún pobre, pues no le quiere nadie: las señas de pobre son, por lo menos.
Todos me decían:
—Hacia ti, mira que va a ti.