—¡Miren con qué nos viene ahora Mari-Zápalos!

Si vengo, no vengo, se quisieron arañar, y así se asieron, porque Mari-Rabadilla[542], que estaba allí, no pudo llegar a meterlas en paz, que sus hijos por comer cada uno en su escudilla, se estaban dando de puñadas.

—Mirad—decía doña Fáfula—que digáis en el mundo quién soy.

Decía Mari-Zápalos:

—Mirá que digáis cómo la he puesto.

Mari-Rabadilla dijo:

—Decidles a los vivos que si mis hijos comen cada uno en su escudilla, qué mal les hacen a ellos. ¡Cuánto peores son ellos, que comen en la escudilla de los otros, como don Diego de Noche y otros cofrades de su talle!

Apartéme de allí, que me hendía la cabeza, y vi venir un ruido de piullidos[543] y chillidos grandísimos y una mujer corriendo como una loca, diciendo:

—Pío, pío.

Yo entendí que era la reina Dido, que andaba tras el pío Eneas[544] por el perro muerto a la zacapela, cuando oigo decir: