—Nosotras somos—dijeron las otras—las desdichadas que vosotros los vivos traéis en las conversaciones disfamadas.
—Por mí no se me da nada—dijo doña Fáfula—; pero quiero que sepan que soy mujer de un mal poeta de comedias, que escribió infinitas y que me dijo un día el papel:
—Señora[532], tanto mejor me hallara en andrajos en los muladares, que en coplas en las comedias cuanto no lo sabré encarecer.
Fuí mujer de mucho valor y tuve con mi marido el poeta mil pesadumbres sobre las comedias, autos y entremeses. Decíale yo que por qué cuando en las comedias un vasallo, arrodillado, dice al rey: Dame esos pies, responde siempre: Los brazos será mejor. Que la razón era en diciendo. Dame esos pies, responder: ¿Con qué andaré yo después? Sobre la hambre de los lacayos y el miedo, tuve grandes peloteras[533] con él. Y tuve buenos respetos: que le hice mirar al fin de las comedias por la honra de las infantas, porque las llevaba de voleo[534] y era compasión. No me pagarán esto sus padres dellas en su vida. Fuíle a la mano en los dotes de los casamientos para acabar la maraña en la tercera jornada, porque no hubiera rentas en el mundo. Y en una comedia, porque no se casasen todos, le pedí que el lacayo, queriéndole casar su señor con la criada, no quisiese casarse ni hubiese remedio, siquiera porque saliera un lacayo soltero. Donde mayores voces tuvimos, que casi me quise descasar, fué sobre los autos del Corpus. Decíale yo:
—Hombre del diablo, ¿es posible que siempre en los autos del Corpus ha de entrar el diablo? con grande brío, hablando a voces, gritos y patadas, y con un brío que parece que todo el teatro es suyo y poco para hacer su papel, como quien dice: “¡Huela[535] la casa al diablo[536]!” Por vida vuestra que hagáis un auto donde el diablo no diga esta boca es mía, y, pues tiene por qué callar, no hable y que hable quien puede[537] y tiene razón, y enójese en un auto. Que, aunque es la misma paciencia, tal vez se indignó y tomó el azote y trastornó mesas y tiendas y cátedras y hizo ruido.
Hícele que, pues podía decir Padre eterno, no dijese Padre eternal; ni Satán, sino Satanás: que aquellas palabras eran buenas cuando el diablo entra diciendo bú, bú, bú[538] y se sale como cohete. Desagravié los entremeses, que a todos les daban de palos[539], y con todos sus palos hacían los entremeses. Cuando se dolían dellos:
—Duélanse—decía yo—de las comedias, que acaban en casamientos y son peores, porque son palos y mujer.
Las comedias, que oyeron esto, por vengarse, pegaron los casamientos a los entremeses, y ellos, por escaparse y ser solteros, algunos se acaban en barbería, guitarricas y cántico.
—¿Tan malas son las mujeres—dijo Mari-Zápalos[540]—, señora doña Fáfula[541]?
Doña Fáfula, enfadada y con mucho toldo, dijo: