—Sólo queremos—dijo Pateta—que veas el retablo que tenemos de los muertos a puro refrán.
Alcé los ojos y estaban a un lado el santo Macarro[553] jugando al abejón, y a su lado el de santo Leprisco[554]. Luego, en medio, estaba san Ciruelo[555] y muchas mandas y promesas de señores y príncipes aguardando su día, porque entonces las harían buenas, que sería el día de san Ciruelo. Por encima dél estaba el santo de Pajares[556] y fray Jarro, hecho una bota, por sacristán junto a san Porro[557], que se quejaba de los carreteros. Dijo fray Jarro, con una vendimia por ojos, escupiendo racimos y oliendo a lagares, hechas las manos dos piezgos y la nariz espita, la habla remostada con un tonillo del carro:
—Éstos son santos que ha canonizado la picardía con poco temor de Dios.
Yo me quería ir y oigo que decía el santo de Pajares:
—Ah, compañero, decildes a los del siglo que muchos picarones, que allá tenéis por santos, tienen acá guardados los pajares, y lo demás que tenemos que decir se dirá otro día.
Volví las espaldas y topé cosido conmigo a don Diego de Noche, rascándose en una esquina, y conocíle y díjele:
—¿Es posible que aún hay que comer en vuesamerced, señor don Diego?
Y díjome:
—Por mis pecados soy refitorio y bodegón de piojos. Querría suplicaros, pues os vais y allá habrá muchos y acá no se hallan por el bienparecer, que ando muy desabrigado, que me enviéis algún mondadientes. Que, como yo lo traiga en la boca, todo me sobra, que soy amigo de traer las quijadas hechas jugador de manos, y, al fin, se masca y se chupa y hay algo entre los dientes, y, poco a poco, se roe. Y si es de lentisco, es bueno para las opilaciones.
Dióme grande risa y apartéme dél huyendo, por no lo ver aserrar con las costillas un paredón a puros concomos[558].