Tan presto saltó el sastre del Campillo[571], y dijo que quién metía a Juan Ramos con el sastre. Y él dijo que no mejoraba de apellido, aunque mudaba de sexo.

—Pues dijeran el gato de Juan Ramos, y no la gata.

Si dijeran, no dijeran, el sastre desconfió de las tijeras y fió de las uñas[572], con razón, y empezóse una brega del diablo. Viendo tal escarapela[573][574], íbame poco a poco y buscando quién me guiase, cuando, sin hablar palabra ni chistar, como dicen los niños, un muerto de buena disposición, bien vestido y de buena cara, cerró conmigo. Yo temí que era loco y cerré con él. Metiéronnos en paz. Decía el muerto:

—Déjenme a ese bellaco, deshonrabuenos[575]. Voto al cielo de la cama[576], que le he de hacer que se quede acá.

Yo estaba colérico y díjele:

—Llega y te tornaré a matar, infame, que no puedes ser hombre de bien: llega, cabrón.

¡Quién tal dijo! No le hube llamado la mala palabra, cuando otra vez se quiso abalanzar a mí y yo a él. Llegáronse otros muertos y dijeron:

—¿Qué habéis hecho? ¿Sabéis con quién habláis? ¿A Diego Moreno[577] llamáis cabrón? ¿No hallastes sabandijas de mejor frente?

—¿Qué, éste es Diego Moreno?—dije yo.