A un lado estaban juntas las desgracias, peste y pesadumbres, dando voces contra los médicos. Decía la peste que ella los había herido; pero que ellos los habían despachado. Las pesadumbres, que no habían muerto ninguno sin ayuda de los doctores. Y las desgracias, que todos los que habían enterrado habían ido por entrambos.
Con eso los médicos quedaron con cargo de dar cuenta de los difuntos. Y así, aunque los necios decían que ellos habían muerto más, se pusieron las médicos con papel y tinta en un alto con su arancel, y, en nombrando la gente, luego salía uno dellos, y en alta voz decía:
—Ante mí pasó a tantos de tal mes, etc.[46]
Pilatos se andaba lavando las manos muy apriesa, para irse con sus manos lavadas[47] al brasero[48]. Era de ver cómo se entraban algunos pobres entre media docena de reyes, que tropezaban con las coronas, viendo entrar las de los sacerdotes tan sin detenerse[49].
Llegó en esto un hombre desaforado, lleno de ceño, y alargando la mano, dijo:
—Ésta es la carta de examen[50].
Admiráronse todos. Dijeron los porteros que quién era, y él, en altas voces, respondió:
—Maestro de esgrima examinado y de los más diestros del mundo[51].