Y sacando unos papeles del pecho, dijo que aquéllos eran los testimonios de sus hazañas. Cayéronsele en el suelo, por descuido, los testimonios, y fueron a un tiempo a levantarlos dos furias y un alguacil, y él los levantó primero que las furias[52].
Llegó un abogado y alargó el brazo para asille y metelle dentro[53], y él, retirándose, alargó el suyo, y dando un salto, dijo:
—Esta de puño es irreparable, y pues enseño a matar, bien puedo pretender que me llamen Galeno. Que si mis heridas anduvieran en mula[54], pasaran por médicos malos. Si me queréis probar, yo daré buena cuenta.
Riéronse todos, y un oficial algo moreno le preguntó qué nuevas tenía de su alma. Pidiéronle[55] no sé qué cosas y respondió que no sabía tretas contra los enemigos della. Mandáronle que se fuese, y diciendo:
—Entre otro—se arrojó.
Y llegaron unos despenseros a cuentas, y no rezándolas, y en el ruido con que venía la trulla[56], dijo un ministro:
—Despenseros son.
Y otros dijeron:
—No son.
Y otros: