Fueron juzgados filósofos, y fué de ver cómo ocupaban sus entendimientos en hacer silogismos contra su salvación. Mas lo de los poetas fué de notar que, de puro locos, querían hacer a Júpiter malilla[62] de todas las cosas. Virgilio andaba con su Sicelides musae[63], diciendo que era el nacimiento; mas saltó un verdugo y dijo no sé qué de Mecenas y Octavia, y que había mil veces adorado unos cuernecillos suyos, que los traía por ser día de más fiesta; contó no sé qué cosas.

Y al fin, llegando Orfeo, como más antiguo, a hablar por todos, le mandaron que se volviese otra vez a hacer el experimento de entrar en el infierno para salir, y a los demás, por hacérseles camino, que le acompañasen.

Llegó tras ellos un avariento a la puerta y fué preguntado qué quería, diciéndole que los preceptos guardaban aquella puerta de quien no los había guardado, y él dijo que en cosas de guardar era imposible que hubiese pecado. Leyó el primero: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, y dijo que él sólo aguardaba a tenerlas todas para amar a Dios sobre ellas. “No jurar”, dijo que, aun jurando falsamente, siempre había sido por muy grande interés, y que así no había sido en vano. “Guardar las fiestas”, éstas y aun los días de trabajo, guardaba y escondía. “Honrar padre y madre”, siempre les quité el sombrero. “No matar”, por guardar esto no comía, por ser matar la hambre comer. “De mujeres”, en cosas que cuestan dineros, ya está dicho. “No levantar falso testimonio”.

—Aquí—dijo un verdugo—es el negocio, avariento. Que, si confiesas haberle levantado, te condenas, y si no, delante del juez te le levantarás a ti mismo.

Enfadóse el avariento, y dijo:

—Si no he de entrar, no gastemos tiempo.

Que hasta aquello rehusó de gastar. Convencióse con su vida y fué llevado adonde merecía.

Entraron en esto muchos ladrones y salváronse dellos algunos ahorcados. Y fué de manera el ánimo que tomaron los escribanos, que estaban delante de Mahoma, Lutero y Judas, viendo salvar ladrones, que entraron de golpe a ser sentenciados, de que les tomó a los verdugos muy gran risa. Los procuradores comenzaron a esforzarse y a llamar abogados.

Dieron principio a la acusación los verdugos, y no la hacían en los procesos que tenían hechos de sus culpas, sino con los que ellos habían hecho en esta vida. Dijeron lo primero:

—Estos, señor, la mayor culpa suya es ser escribanos.