Y ellos respondieron a voces, pensando que disimularían algo, que no eran sino secretarios. Los abogados comenzaron a dar descargo, que se acabó en:

—Es hombre y no lo hará otra vez[64], y alcen el dedo.

Al fin se salvaron dos o tres, y a los demás dijeron los verdugos:

—Ya entienden.

Hiciéronles del ojo, diciendo que importaban allí para jurar contra cierta gente[65]. Uno azuzaba testigos y repartía orejas[66] de lo que no se había dicho y ojos de lo que no había sucedido, salpicando de culpas postizas la inocencia.

Estaba engordando la mentira a puros enredos, y vi a Judas y a Mahoma y a Lutero recatar desta vecindad, el uno, la bolsa, y el otro, el zancarrón. Lutero decía:

—Lo mismo hago yo escribiendo.

Sólo se lo estorbó aquel médico que dije que, forzado de los que le habían traído, parecieron él, un boticario y un barbero, a los cuales dijo un verdugo que tenía las copias: