—Todos los demás hombres, señor, dan cuenta de lo que es suyo; mas éstos, de lo ajeno y todo.

Pronuncióse la sentencia contra ellos. Yo no la oí bien; pero ellos desaparecieron.

Vino un caballero tan derecho, que, al parecer, quería competir con la misma justicia que le aguardaba. Hizo muchas reverencias a todos y con la mano una ceremonia, usada de los que beben en charco. Traía un cuello tan grande, que no se le echaba de ver si tenía cabeza. Preguntóle un portero, de parte de Júpiter, si era hombre. Y él respondió con grandes cortesías que sí y que por más señas se llamaba don Fulano, a fe de caballero. Rióse un ministro, y dijo:

—De codicia es el mancebo para el infierno.

Preguntáronle qué pretendía, y respondió:

—Ser salvado.

Y fué remitido a los verdugos para que le moliesen, y él sólo reparó en que le ajarían el cuello.[71]

Entró tras él un hombre dando voces, diciendo: