—Aunque las doy, no tengo mal pleito[72]: que a cuantos simulacros hay[73], o a los más, he sacudido el polvo.

Todos esperaban ver un Diocleciano o Nerón, por lo de sacudir el polvo, y vino a ser un sacristán que azotaba los retablos. Y se había ya con esto puesto en salvo; sino que dijo un ministro que se bebía el aceite de las lámparas y echaba la culpa a una lechuza, por lo cual habían muerto sin ella[74]; que pellizcaba de los ornamentos para vestirse, que heredaba en vida las vinajeras y que tomaba alforzas a los oficios. No sé qué descargo se dió, que le enseñaron el camino de la mano izquierda.

Dando lugar unas damas alcorzadas[75], que comenzaron a hacer melindres de las malas figuras de los verdugos, dijo un procurador a Vesta que habían sido devotas de su nombre aquéllas: que las amparase. Y replicó un ministro que también fueron enemigas de su castidad.

—Sí, por cierto—dijo una que había sido adúltera.

Y el demonio la acusó que había tenido un marido en ocho cuerpos; que se había casado de por junto en uno para mil. Condenóse esta sola, y iba diciendo:

—¡Ojalá supiera que me había de condenar, que no hubiera cansádome en hacer buenas obras!

En esto, que era todo acabado, quedaron descubiertos Judas, Mahoma y Martín Lutero. Y preguntando un ministro cuál de los tres era Judas, Lutero y Mahoma, dijeron cada uno que él. Y corrióse Judas tanto, que dijo en altas voces:

—Señor, yo soy Judas, y bien conocéis vos que soy mucho mejor que éstos: porque, si os vendí, remedié al mundo, y éstos, vendiéndose a sí y a vos, lo han destruido todo.

Fueron mandados quitar delante.