Y un abogado que tenía la copia, halló que faltaban por juzgar los malos alguaciles y corchetes. Llamáronlos, y fué de ver que asomaron al puesto muy tristes, y dijeron:
—Aquí lo damos por condenado: no es menester nada.
No bien lo dijeron, cuando, cargado de astrolabios y globos, entró un astrólogo dando voces y diciendo que se habían engañado, que no había de ser aquel día el del juicio, porque Saturno no había acabado sus movimientos ni el de trepidación el suyo. Volvióse un verdugo, y, viéndole tan cargado de madera y papel, le dijo:
—Ya os traéis la leña[76] con vos, como si supiérades que de cuantos cielos habéis tratado en vida, estáis de manera que, por la falta de uno solo en muerte, os iréis al infierno.
—Eso, no iré—dijo él.
—Pues llevaros han.
Y así se hizo.
Con esto se acabó la residencia y tribunal. Huyeron las sombras a su lugar, quedó el aire con nuevo aliento, floreció la tierra, rióse el cielo, Júpiter subió consigo a descansar en sí los dichosos y yo me quedé en el valle. Y discurriendo por él, oí mucho ruido y quejas en la tierra. Lleguéme por ver lo que había, y vi en una cueva honda, garganta del averno[77], penar muchos, y, entre otros, un letrado, revolviendo no tanto leyes como caldos[78]; un escribano, comiendo sólo letras, que no había solo querido leer en esta vida; todos ajuares del infierno. Las ropas y tocados de los condenados estaban prendidos, en vez de clavos y alfileres, con alguaciles. Un avariento, contando más duelos que dineros; un médico, pensando en un orinal, y un boticario, en una medicina. Dióme tanta risa ver esto, que me despertaron las carcajadas, y fué mucho quedar de tan triste sueño más alegre que espantado.
Sueños son éstos que, si se duerme vuecelencia sobre ellos, verá que por ver las cosas como las veo, las esperará como las digo.
NOTAS: